lunes 23 de febrero de 2026

OPINIÓN

El nuevo orden mundial: la ley del más fuerte como doctrina

Porque cuando la ley del más fuerte se convierte en doctrina, lo que está en juego no es solo la geopolítica. Lo que se pierde, lentamente, es la idea misma de humanidad.
lunes 12 de enero de 2026

Los acuerdos internacionales se diluyen, la agresión se normaliza y la política global se convierte en una competencia de poder bruto donde la vida humana vale menos que un misil. El llamado nuevo orden mundial no llegó con promesas de cooperación ni con consensos multilaterales. Llegó a los golpes. Llegó violando todas las normas básicas de convivencia entre naciones. Llegó imponiendo una única regla vigente la ley del más fuerte.

Los pactos de no agresión, los acuerdos internacionales, la autodeterminación de los pueblos y hasta el derecho internacional parecen inexistentes, frente a un escenario global donde la invasión, la amenaza y la extorsión se naturalizan, se aplauden. Hay sectores políticos, mediáticos y económicos que celebran estos comportamientos selváticos, como si el mundo fuera una jungla y la barbarie una virtud estratégica.

Estados Unidos encarna, sin disimulo, esta lógica de voracidad imperial. En nombre de la “seguridad”, de la “libertad”, o del “orden democrático”, avanza ilegalmente sobre territorios, recursos y soberanías que no le pertenecen. Arrasa con bienes, con infraestructuras y con vidas humanas para sostener una supremacía comercial que ya no puede garantizar por medios productivos. Porque el dato incómodo es este, China es hoy la principal potencia industrial y tecnológica del mundo, y eso desvela a quienes están acostumbrados al monopolio.

Donald Trump no quiere ser menos. Compite en una grotesca carrera armamentista donde el objetivo no es la paz sino demostrar quién tiene el misil más destructivo. El resultado es un planeta sembrado de miedo, con países enteros viviendo bajo amenaza permanente, sin capacidad bélica para defenderse, pero con poblaciones civiles convertidas en rehenes de decisiones sin fundamentos lógicos y sin ideología que lo sostenga.

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En este contexto, la derecha global avanza con su carga letal más peligrosa, la deshumanización de la política. El mundo deja de ser una comunidad de pueblos para transformarse en un gran mercado. Ya no hay ciudadanos: hay consumidores. No hay derechos, hay costos. No hay vidas, hay estadísticas.

La democracia, vaciada de contenido, se reduce a un ritual electoral donde solo importamos como números, el día de las elecciones. Después, desaparecemos. Las decisiones se toman lejos, arriba, entre élites económicas y militares que no pisan barrios, no hacen filas en hospitales y no mandan a sus hijos a morir en guerras ajenas.

Este nuevo orden no es inevitable. Es una elección política. Y como toda elección, también puede ser cuestionada. Callar frente a la agresión, justificar la invasión o romantizar la fuerza bruta no es neutralidad: es complicidad.

Porque cuando la ley del más fuerte se convierte en doctrina, lo que está en juego no es solo la geopolítica. Lo que se pierde, lentamente, es la idea misma de humanidad.

Cuando el poder reemplaza al derecho y la fuerza sustituye a la razón, el mundo no avanza, retrocede a su estado más primitivo.