OPINIÓN
Mundial 2030: ¿el centenario de las selecciones nacionales o el comienzo de una nueva era?
España, Portugal y Marruecos compartirán la organización principal, mientras que Argentina, Uruguay y Paraguay albergarán los partidos inaugurales para conmemorar el centenario del primer Mundial disputado en 1930. Será una celebración de la historia, pero también una oportunidad para discutir un tema que la FIFA parece evitar: ¿qué significa hoy representar a un país?
Durante décadas, las selecciones nacionales fueron la expresión deportiva de una identidad compartida. Verle las caras a los jugadores y ya entendías a que país o continente representaban. Eran el reflejo de una historia, una cultura futbolística y una comunidad nacional.
Sin embargo, la globalización, los grandes movimientos migratorios y la creciente flexibilización de las normas de elegibilidad han transformado profundamente ese concepto. Las reglas actuales permiten que futbolistas con doble nacionalidad o con vínculos familiares representen a países distintos de su lugar de nacimiento.
Es una realidad jurídica legítima y coherente con un mundo cada vez más conectado. Pero también es una realidad que plantea interrogantes sobre el sentido de las selecciones nacionales y sobre si la normativa vigente mantiene el equilibrio entre el derecho individual de los jugadores y la identidad deportiva de cada país, o solo se prioriza la ganancia económica, al deporte noble y puro.
El caso de varias selecciones europeas suele aparecer en el centro del debate porque reflejan sociedades profundamente transformadas por décadas de inmigración y colonialismo violento. Ese fenómeno responde a procesos históricos, sociales y demográficos complejos.
La discusión, por lo tanto, no debería centrarse en el origen étnico de los futbolistas ni en el color de su piel, sino en una pregunta mucho más amplia: ¿qué requisitos deberían existir para vestir la camiseta de una selección nacional?
Reducir el éxito deportivo a características raciales sería un error. El rendimiento en el fútbol moderno depende de múltiples factores: infraestructura, formación, preparación física, desarrollo juvenil, planificación, táctica y talento individual. Ninguna de esas variables pertenece a una raza determinada.
Eso no significa que las reglas actuales sean intocables. Por el contrario, quizás haya llegado el momento de que la FIFA abra un debate serio sobre los criterios de elegibilidad.
No sería una idea revolucionaria. Las ligas profesionales de numerosos países establecen cupos para futbolistas extranjeros con el objetivo de proteger el desarrollo de jugadores locales y preservar determinadas identidades deportivas. Si esos mecanismos existen en las competencias de clubes, resulta legítimo preguntarse si las selecciones nacionales también deberían revisar sus criterios.
Algunas propuestas podrían incluir mayores exigencias de residencia efectiva, una formación deportiva significativa en el país representado o requisitos más estrictos para cambiar de federación una vez iniciada una carrera internacional. El objetivo no sería excluir a quienes poseen legítimamente otra nacionalidad, sino fortalecer el vínculo entre el jugador y la camiseta que representa. Hoy vemos selecciones completas que jamás pisaron el pais que representan.
La FIFA sostiene que el fútbol debe acompañar la evolución de las sociedades. Sus críticos, en cambio, advierten que, si el concepto de selección nacional continúa ampliándose sin límites claros, el torneo corre el riesgo de perder parte de la esencia que lo convirtió en el evento deportivo más importante del planeta.
El Mundial de 2030 no solo celebrará cien años de historia. También enfrentará al fútbol con una pregunta inevitable: ¿seguimos entendiendo las selecciones nacionales del mismo modo que hace un siglo o ha llegado el momento de redefinirlas?
Tal vez el mayor legado del Mundial del Centenario no sea únicamente recordar el pasado, sino abrir una discusión sincera sobre el futuro de las selecciones nacionales y sobre el papel que la FIFA debe desempeñar para garantizar que la identidad deportiva siga siendo un valor tan importante como la competencia misma. Evaluar las ingerencias políticas dentro de las desiciones que afectan a todos y bajar el margen de ganancia porque estadios llenos solo estaran si hay uno que juegue al fútbol y otro que tenga hambre.
El tema musical que represente al próximo mundial seguramente será una gran batalla de colonialistas contra colonizados. La veo a la Shakira de negrita candombera, que no le va tan mal, el ritmo lo tiene, aunque si vamos a competir los infuencer y creadores de contenidos ya estupidizan mas que crean. No olvidar al poeta guatemalteco, que por algo ya le canto las cuarenta, solo queremos ver fútbol y ojo con "che negro" que ya no será lo mismo. Esperemos organizar un mundial de fútbol y no solo una fiesta para consumir porquerias.
Autor: Roberto Verdún