OPINIÓN
Formosa: cuando algunos buscan el olor ajeno y olvidan revisar la propia casa
Los escándalos parecen ser graves cuando ocurren en el espacio político rival, pero se vuelven asuntos menores, confusos o directamente invisibles cuando involucran a dirigentes propios. Esa lógica, lamentablemente, también se observa en Formosa desde siempre.
En los últimos tiempos, sectores del peronismo han puesto la lupa sobre el vocero presidencial y dirigente político Manuel Adorni, que no es, ni será santo de mi devoción, intentando instalar cuestionamientos sobre su accionar político, su patrimonio o sus vínculos con determinadas decisiones gubernamentales. Como ocurre en toda república, investigar a un funcionario es legítimo. La transparencia debe ser una exigencia para todos.
La pregunta incómoda es otra: ¿con qué autoridad moral se realizan algunos cuestionamientos cuando quienes los impulsan han guardado durante años un llamativo silencio frente a situaciones similares o incluso más graves dentro de sus propios territorios políticos?
En Formosa existe desde hace décadas un debate pendiente sobre la transparencia pública. Diversos sectores opositores, organizaciones civiles y periodistas han reclamado históricamente mayores niveles de acceso a la información pública, publicidad de los actos de gobierno y mecanismos efectivos de control patrimonial de los funcionarios.
La provincia de Formosa ha sido gobernada durante largos años por Gildo Insfrán, una de las figuras políticas con mayor permanencia en el poder de toda América Latina. Detrás de Gildo han prosperado miles de funcionarios y funcionarias que junto a familiares y "asesores" han construido patrimonio sin dar una sola explicación del origen de sus millones.
Sus defensores sostienen que esa continuidad es producto del respaldo popular expresado en las urnas.
Sus críticos, en cambio, cuestionan la concentración de poder político, institucional y administrativo que se ha consolidado a lo largo de los años, generando un estado gordo, pesado alimentado a comida chatarra cada cuatro años.
Lo que resulta llamativo es que muchos de los dirigentes que hoy se muestran preocupados por la transparencia de funcionarios nacionales pocas veces han impulsado con igual intensidad debates profundos sobre las declaraciones juradas patrimoniales, la publicidad de los actos administrativos, las contrataciones estatales o el acceso ciudadano a información sensible dentro de la provincia y allí son cómplices adictos y opositores por costumbre o conveniencia. Salvando mínimas excepciones que no mueven la balanza.
La transparencia no puede ser una herramienta partidaria. No sirve cuando se utiliza únicamente para atacar adversarios políticos. La verdadera transparencia comienza por casa.
Resulta difícil convencer a la ciudadanía de que existe una genuina preocupación por la ética pública cuando durante años no se promovieron investigaciones rigurosas sobre el crecimiento patrimonial de funcionarios locales, la evolución de sus bienes o la existencia de posibles conflictos de interés. Más aún cuando gran parte de la estructura política provincial ha funcionado bajo una lógica de fuerte verticalísimo, donde la crítica interna suele ser escasa y el cuestionamiento público muchas veces se considera una traición.
Otro fenómeno que comienza a percibirse en distintos ámbitos políticos formoseños es el desgaste natural que generan los ciclos extremadamente prolongados de poder. Cuando una administración permanece durante décadas, aparecen tensiones internas, disputas silenciosas por la sucesión y sectores que empiezan a construir poder propio.
No son pocos los observadores que sostienen que el liderazgo histórico de Insfrán continúa siendo central en términos simbólicos y electorales, pero que las dinámicas cotidianas de gestión y las decisiones operativas se distribuyen cada vez más entre ministros, intendentes, legisladores y estructuras administrativas que han acumulado influencia propia a lo largo de los años.
Esa situación no implica necesariamente una pérdida de poder formal, pero sí refleja una realidad conocida por cualquier estudioso de la ciencia política: ningún liderazgo es eterno y todo sistema político comienza a discutir su futuro mucho antes de admitirlo públicamente.
O sea Gildo ya no lee ni los diarios, de las redes a sociales no entiende que botoncito es para mirar de incógnito. Cada vez menos compañeros pasan por el quinto. Prefieren otros pisos más reales y más rentables.
Mientras tanto, la sociedad formoseña sigue esperando respuestas sobre cuestiones más concretas y urgentes: empleo privado, pobreza, infraestructura, calidad educativa, acceso a la salud y transparencia institucional.
Quizás el verdadero problema no sea Manuel Adorni. Quizás tampoco sea únicamente Gildo Insfrán.
Quizás el problema sea una cultura política argentina donde demasiados dirigentes han aprendido a detectar con extraordinaria precisión el olor de la vereda de enfrente, pero han perdido completamente la capacidad de percibir los aromas que salen de su propio patio.
La transparencia dejó de ser un valor republicano para convertirse simplemente en un instrumento de conveniencia política.
La gente de Formosa y más los jóvenes, cada vez más escépticos, ya no parecen conformarse con denuncias selectivas. Se Empieza a exigir algo mucho más simple y mucho más difícil: que todos rindan cuentas.
Los propios y los ajenos. Los de hoy y los de ayer. Porque la ética pública no puede depender del color partidario de quien ocupa el cargo. Solo así la transparencia dejará de ser un discurso y comenzará a transformarse en una práctica real.
Aunque en la bolsa entren todos, desde viva Perón hasta Evita eterna, no debe ser normal hacerse rico solo por hacer política o tener un amigo comisario.
Autor: Roberto Verdún