OPINIÓN
Murió Ji Ji Ji, nació un ángel para tu soledad
Para millones de argentinos, representa el final de una época cultural que atravesó generaciones, barrios, tribunas, universidades, fábricas y calles. Falleció a los 77 años, luego de una larga lucha contra el Parkinson, enfermedad que había condicionado sus últimos años de vida. Hubo artistas populares.
Hubo ídolos masivos. Y luego estuvo el Indio. Su figura fue una contradicción permanente. Antisistema, pero convertido en fenómeno multitudinario. Reacio a los medios, pero capaz de generar una influencia cultural inmensa.
Crítico del poder económico, aunque también cuestionado por quienes consideraban que guardó silencios frente a determinados sectores políticos. En los últimos años expresó públicamente su cercanía con el kirchnerismo y defendió a Cristina Fernández de Kirchner, al tiempo que mantuvo duras críticas hacia otros gobiernos y dirigentes. Pero reducir al Indio a una posición política sería no comprender el fenómeno.
El Indio fue, ante todo, una identidad. Fue el flequillo ricotero que durante décadas se vio en cada barrio argentino. Fue la campera gastada, la remera negra, la moto, la esquina y la búsqueda de pertenencia. Fue la banda sonora de quienes sentían que no tenían voz en los grandes medios ni representación en las estructuras tradicionales.
Con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyó algo extraordinario: una mística popular que escapó de las reglas del mercado y de los manuales de la industria musical.
Mientras otros perseguían la televisión, ellos construían una leyenda. Mientras otros buscaban entrevistas, ellos alimentaban el misterio. Quizás por eso el ricotero no era solamente un fan. Era una tribu. Una comunidad que encontró en canciones como "Ji Ji Ji", "Juguetes Perdidos" o "Un Ángel para tu Soledad" una forma de interpretar la realidad. No siempre de manera racional. Muchas veces de manera emocional.
El Indio entendió algo que pocos artistas comprendieron: que el barrio no necesitaba que le explicaran la vida; necesitaba que alguien hablara su idioma. Sus letras nunca fueron sencillas. Estaban llenas de metáforas, imágenes y enigmas. Sin embargo, millones sintieron que hablaban exactamente de ellos. Por eso su muerte provoca un impacto que excede la música.
Se va una de las últimas figuras capaces de unir a un adolescente de los años noventa con un joven del siglo XXI. Se va un artista que logró convertirse en mito sin buscarlo abiertamente. Se va un hombre que eligió el misterio cuando la época exigía exposición permanente.
Y quizás esa sea la imagen más poderosa de su despedida.
No la del ídolo. No la del dirigente cultural. No la del referente político. Sino la del hombre que caminó durante décadas junto a una multitud que lo convirtió en símbolo de rebeldía, de identidad barrial y de resistencia cultural.
Hoy el último gran flequillo ricotero queda huérfano de su voz. Pero como ocurre con los artistas que logran atravesar generaciones, el silencio nunca es definitivo. Porque algunas canciones dejan de sonar. Y otras terminan convirtiéndose en memoria colectiva. No murió el indio, nació la leyenda. Nació un ángel para tu soledad.
Autor: Roberto Verdún