OPINIÓN
El sello, la lealtad y los infiltrados
En tiempos donde muchos descubren el peronismo cuando aparece un cargo, un contrato o una candidatura, el documento de los militantes del Partido Justicialista de Formosa vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda para propios y ajenos: ¿quién conduce realmente el movimiento y para qué se usa el poder político?
El reconocimiento explícito a la conducción de Gildo Insfrán no es solamente un gesto militante. Es una definición política frente a los sectores que, desde adentro y desde afuera, pretenden vaciar de contenido al peronismo formoseño para convertirlo en una simple maquinaria electoral sin doctrina, sin militancia y sin lealtad.
El peronismo nunca fue una asamblea de oportunistas. Fue conducción, organización y doctrina. Y cuando el documento rechaza las ideas intervencionistas y reafirma la alineación con el conductor del movimiento provincial, está diciendo algo mucho más profundo: que no se puede entregar la representación histórica del pueblo peronista a dirigentes sin territorio, sin historia militante y muchas veces sin siquiera una unidad básica que los respalde.
Hoy abundan personajes que hablan de “renovación” pero jamás caminaron un barrio sin fotógrafos ni escoltas. Funcionarios que ocupan espacios estratégicos sin haber ganado una elección interna, sin sostener una mesa política y sin poder reunir veinte compañeros fuera del aparato estatal. Son dirigentes nacidos del escritorio, no de la militancia.
El General Juan Domingo Perón ya advertía sobre el “sello de goma”: aquellos que usan la estructura partidaria como fachada vacía mientras las decisiones reales las toman grupos alejados del pueblo. Y eso parece repetirse cuando algunos sectores terminan rodeando al poder con técnicos, asesores y “aliados” que jamás sintieron pertenencia doctrinaria, pero sí enorme vocación por administrar recursos y cuotas de poder. Aquí podemos nombrar a ministros y demás sin olor a ovejas y si mucho perfume francés.
El problema no es solamente ideológico. También es humano y político. Porque mientras se premia a recién llegados, muchos compañeros históricos terminan marginados, silenciados o reducidos al papel de espectadores. Militantes que sostuvieron campañas, defendieron al movimiento en los peores momentos y nunca negociaron su lealtad, hoy observan cómo se multiplican figuras sin raíces peronistas ocupando lugares centrales. Legisladoras que abusan de la confianza y pretenden puestos de poder que les queda grande, por inoperantes.
La historia nacional también deja ejemplos dolorosos. Muchos peronistas todavía discuten el modo en que Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner utilizaron la estructura del movimiento nacional y popular para construir un esquema profundamente personalista, donde la obediencia al liderazgo terminó muchas veces reemplazando al debate doctrinario y a la construcción colectiva. Para algunos fueron continuadores del proyecto histórico; para otros, administradores de una marca política usada en beneficio propio y de un círculo reducido de poder. Y esa discusión no es menor en Formosa.
Porque detrás del documento también aparece el temor de muchos militantes: que el peronismo sea colonizado lentamente por sectores sin identidad doctrinaria, capaces de hablar en nombre del movimiento mientras aplican prácticas alejadas de la comunidad organizada que pregonaba Perón. Obvio ni hablar de los ensobrados, achanchados que ya no le escriben ni a la madre, mira si van a asomar la hilacha.
El peronismo auténtico no se sostiene con marketing, influencers políticos ni operadores de ocasión. Se sostiene con conducción, con territorio y con compañeros que puedan mirar a los ojos a sus bases sin esconderse detrás de un cargo.
Cuando un movimiento reemplaza la lealtad por conveniencia, deja de ser una causa popular para convertirse apenas en una administración del poder. Cuando entran las dudas, viva Gildo y Viva Perón, para las damas viva Evita eterna. "Carajo". Hasta la victoria compañeros.
Autor: Roberto Verdún