A 48 AÑOS DE LA PRIMERA RONDA
Madres de Plaza de Mayo: cuando el Estado callaba, ellas caminaron
Hay gestos que fundan época. No por su masividad, sino por su potencia moral. El 30 de abril de 1977, en la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres decidió caminar cuando todo ordenaba callar. No tenían garantías ni certezas. Tenían una ausencia insoportable y una pregunta sin respuesta. Así comenzó la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, una de las páginas más incómodas y luminosas de la historia argentina.
El contexto no admite matices: la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla desplegaba un plan sistemático de desaparición forzada. Secuestros, centros clandestinos, tortura y silencio. El terrorismo de Estado no sólo eliminaba cuerpos; buscaba borrar identidades. Reclamar por un hijo desaparecido era, entonces, un desafío directo a un régimen sostenido en el miedo.
Las Madres irrumpieron con una lógica disruptiva. Se organizaron y ocuparon el espacio público cuando hacerlo implicaba riesgo extremo. Transformaron la maternidad en herramienta política. Cada jueves, la ronda fue una forma de decir que había algo que no podía disciplinarse: la memoria.
El impacto de esa decisión llega hasta hoy. Sin las Madres y las Abuelas, sería difícil pensar los procesos de memoria, verdad y justicia en la democracia. La recuperación de nietos apropiados y la reconstrucción de identidades no son sólo reparaciones individuales: son derrotas concretas al proyecto de desaparición. También consolidaron una memoria colectiva que sigue siendo referencia en el mundo.
La historia, sin embargo, no es lineal. El movimiento de derechos humanos atravesó divisiones y debates que complejizaron su lugar público. Lejos de invalidarlo, muestran que es un espacio vivo. La pregunta es si la causa que lo originó sigue vigente. Y la respuesta es sí.
Porque aunque la dictadura quedó atrás, los discursos que relativizan el terrorismo de Estado no son marginales. En el clima político actual, con un gobierno nacional encabezado por Javier Milei, crecieron expresiones que cuestionan consensos construidos durante décadas. La apelación a la “memoria completa”, los recortes en políticas de derechos humanos y el desfinanciamiento de áreas sensibles no son neutros: erosionan lo conquistado.
No se trata de forzar comparaciones. La democracia sigue siendo el marco. Pero el lenguaje y las políticas importan. Cuando se banaliza el horror o se desacredita la lucha histórica, lo que está en juego no es sólo el pasado, sino cómo una sociedad decide recordarse.
A 48 años de aquella primera ronda, la imagen de esas mujeres caminando en círculo sigue incomodando. Obliga a preguntarse qué hacemos hoy con esa herencia. Si la convertimos en ritual o en herramienta viva.
Tal vez el mejor homenaje no sea repetir consignas, sino sostener esa incomodidad. Entender que la memoria no es pasado, sino presente en disputa. Y que, de algún modo, la ronda todavía sigue.