2026-04-22

OPINIÓN

El ministro de la pose, para la foto del Facebook 

No estamos frente a un simple acto administrativo: lo que expone la Resolución 1154/26 es una forma de ejercer el poder que castiga en lugar de comprender, que ignora la realidad docente y convierte a la educación en un trámite sin humanidad.

Hay decisiones administrativas que no solo revelan errores de gestión: desnundan una forma de mirar al otro. Y eso es lo verdaderamente grave. Cuando solo quieren mostrar su abuso de poder ante un maestro de grado.

La Resolución 1154/26 del MCyE de Formosa no es simplemente un acto burocrático más. Es el síntoma de algo más profundo: una dirigencia que ha perdido contacto con la realidad humana que debería comprender, acompañar y proteger. Cuando un Ministro de Educación reduce su función a detectar fallas formales en expedientes, ignorando las historias, contextos y necesidades que los atraviesan, deja de ser un garante del derecho a la educación para convertirse en un simple administrador del castigo.

Aquí no estamos hablando de papeles. Estamos hablando de docentes. De personas que sostienen el sistema educativo muchas veces en condiciones adversas, que cargan con problemáticas sociales, emocionales y estructurales que el propio Estado no resuelve. 

Sin embargo, desde un escritorio, se decide juzgarlos con una frialdad técnica que roza la indiferencia, solo ajustados al relato de abogados recibidos por zoom.

La soberbia aparece cuando se cree que el poder otorga claridad absoluta. Cuando se supone que la norma es suficiente para interpretar la realidad. Con un Estatuto del docente Ley 931/92 superado por dos constituciones modificadas para la mejor vida de los Formoseños. Pero la educación no es una planilla de control ni un algoritmo de errores: es un entramado humano complejo. Y quien no logra ver eso, no está capacitado para conducirla. Y si no ves los síntomas, cuando los docentes no se te acercan ni para saludarte, algo traes.

Más preocupante aún es el instinto de supervivencia política que parece guiar estas decisiones del señor ministro. No se gobierna para mejorar el sistema, sino para sostener posiciones. Se actúa no desde la responsabilidad, sino desde el miedo a perder poder. Y en ese juego, el docente se convierte en variable de ajuste: el eslabón más débil al que se puede señalar sin costo político. Los docentes no importan, porque piensan y saben sobrevivir aún bajo la indiferencia del todo poderoso.

Un Estado presente no es el que sanciona primero y pregunta después. Es el que acompaña, el que escucha, el que interpreta. No el que está en su burbuja de dulces de colores, donde todos te abrazan y después salis a pasear en tu flecha de plata para ver cómo la gente se tranca en el barro.  Es el que entiende que detrás de cada expediente hay una historia que merece ser leída con inteligencia y sensibilidad.

Cuando un funcionario utiliza su cargo para proyectar sus propias limitaciones ya sea por incapacidad, desconocimiento o una lógica de control mal entendida el problema deja de ser individual y pasa a ser institucional. Porque entonces el sistema no corrige: castiga. No enseña: disciplina. No protege: expone. Y ahí es donde se rompe todo.

La educación necesita autoridades con mirada amplia, con capacidad de autocrítica y, sobre todo, con humanidad. Sin eso, cualquier resolución, por más “legal” que sea, termina siendo injusta. Porque cuando se pierde de vista a la persona, lo que queda no es gestión: es abuso de poder disfrazado de norma.

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El general se debe estar revolcando al ver al mecánico de motos, venido a Ministro de Educación y por supuesto rodeado de la inutilidad supina. La idea humanista, cristiana y rotundamente social se destruye con gente incapaz, inhumana, soberbia y estúpida pretendiendo un cargo que les queda como saco de payaso.

Indudablemente la falta de respeto a los docentes es la que día a día les cobra peaje político. Cuando nadie quiere ni acercarse al ministro que prefiere la pose para la foto, que solucionar un problema para una familia docente, su gestión está podrida. 

Para vos que no sabes ni de qué partido saliste, viva Perón y Evita aunque sea el último grito en la trinchera, "carajo".

Roberto Verdún - Docente

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