OPINIÓN
Viernes negro: la traición y el saqueo
Este 27 de febrero fue, un viernes negro para los laburantes. Un día que quedará marcado como el momento en que el poder decidió oficializar el saqueo y llamar “modernización” a la miseria. El gobierno de Javier Milei ya tiene su ley: escrita bajo el dictado del Fondo Monetario Internacional y diseñada para garantizar una transferencia brutal de ingresos desde el bolsillo del trabajador hacia las ganancias del gran capital.
No hay zonas grises. Esta reforma es una estafa moral y política. Liquida indemnizaciones, debilita la negociación colectiva, fomenta la precarización y convierte el miedo a perder el empleo en herramienta disciplinadora. Es el regreso al “sálvese quien pueda”, la demolición planificada de la justicia social.
Desde la doctrina peronista no hay ambigüedad posible: los derechos del trabajador no se negocian, se defienden. Donde hay una necesidad nace un derecho. Por eso ningún peronista puede votar una ley que recorta conquistas históricas. Y sin embargo, hubo quienes, con la banca obtenida por el voto popular, eligieron arrodillarse y acompañar esta infamia. No es error: es traición de clase.
Con la industria nacional en caída libre y miles de despidos acumulándose, pretenden vender humo. No habrá lluvia de inversiones. Habrá salarios a la baja, jornadas más largas y trabajadores más débiles frente a empleadores más poderosos. Primero buscaron proscribir y disciplinar a Cristina Fernández de Kirchner; después fueron por los gremios; ahora vienen por cada convenio, por cada derecho, por cada familia obrera.
El mensaje es claro: trabajo precarizado para los padres y un Estado punitivo que amenaza a los pibes desde los 14 años. Es un modelo que necesita trabajadores asustados y sin organización para funcionar.
Pero que lo escuchen bien: nadie va a aceptar este destino que nos condena a la miseria. La clase obrera argentina no nació ayer. Tiene memoria, tiene organización y tiene dignidad. Si creen que este viernes negro es el punto final, se equivocan. Puede ser, en cambio, el punto de partida de una resistencia más firme, más unida y más consciente.
La historia no absuelve a los que entregan. Y la lucha recién empieza.