miércoles 19 de agosto de 2026

OPINIÓN

"Ahora, quién podrá ayudarnos?

La inseguridad en los barrios formoseños y el curioso regreso de la política del “culpable es Milei”.
martes 18 de agosto de 2026

En los barrios de Formosa empieza a instalarse una pregunta que ya parece salida de una escena del Chavo o del Chapulín Colorado:

—¡¿Y ahora quién podrá ayudarnos?!
Y desde algún despacho oficial seguramente aparecerá el superhéroe de turno, con capa institucional, discurso aprendido y una explicación infalible:
—¡Fue Milei!

En Formosa parece que hasta si desaparecen las ojotas del patio, la ropa del tendedero o la garrafa de la cocina, la culpa también debe tener domicilio en la casa del mal peinado.

Mientras tanto, en los barrios, la realidad tiene menos discurso y bastante más barro.

Vecinos que cuentan robos, intentos de ingreso, jóvenes cada vez más chicos recorriendo las calles en grupos de tres o cuatro, mirando casas, observando movimientos, detectando quién salió, quién volvió y qué vivienda parece quedar sola.

Y junto a esa preocupación aparece otra todavía más grave: el avance del consumo problemático de drogas entre adolescentes y jóvenes.

Pero tranquilos. Para eso tenemos una fórmula revolucionaria: la sensación de seguridad. Porque la Policía está. Claro que está.

El vecino la ve pasar y experimenta una emoción parecida a la de quien contempla un patrullero en una película: sabe que existe, pero no necesariamente que vaya a llegar cuando la necesite.

Mientras se jugaba el mundial era como que estaban entretenidos, pero se gastaron hasta lo último en camisetas gorros, bufandas y papas fritas.

Entonces aparecen los barrios emblemáticos, esos donde ya no entra ni un alfiler porque la preocupación de los vecinos ocupa todo el espacio disponible.

Allí la pregunta deja de ser si habrá seguridad y empieza a ser:

¿Cuánto falta para que la inseguridad se convierta en paisaje?

Porque hay algo todavía más inquietante: las modalidades que los propios vecinos dicen estar observando para identificar viviendas vulnerables.

Se habla de recorridas, observación de horarios, viviendas desocupadas y hasta de bolsas de residuos colocadas de determinada manera que algunos interpretan como posibles señales para marcar propiedades.

No significa que cada bolsa negra sea una contraseña de la delincuencia. Tampoco que exista una organización detrás de cada detalle.

Pero cuando un vecino comienza a mirar una bolsa de basura como si fuera una señal de inteligencia criminal, significa que algo está fallando.

La confianza. Y cuando se pierde la confianza, el barrio empieza a convertirse en una fortaleza. Rejas. Cámaras. Alarmas. Perros. Algunos más gordos que los dueños, pero... perro al fin.

Vecinos que se avisan por WhatsApp. Luces encendidas durante toda la noche. Para los que pueden pagarlo, seguridad privada. Ahí aparece la verdadera paradoja formoseña. Si tenés dinero para pagar seguridad, dormís tranquilo. Si además tenés una garita con consigna policial en tu casa, directamente podés dormir como un bebé.

El resto... que se arregle como pueda. Porque aparentemente la seguridad también tiene categorías sociales.

Y aquí entra nuevamente nuestra inolvidable troupe política. El señor Jirafales, pero ahora convertido en ministro de Educación, podría salir elegantemente de su despacho para explicarnos que todo esto se soluciona con una capacitación, una jornada de reflexión y una nueva estrategia de "pedagogía de cuidado y la seguridad".

Mientras tanto, el gordo Ñoño, devenido ministro de Gobierno y Seguridad, podría aparecer diciendo:

—¡Fue sin querer queriendo!

El problema es que los delincuentes no hacen cursos de formación docente. No necesitan actos administrativos. No esperan una jornada institucional. Y tampoco preguntan quién gobierna en Buenos Aires.

Recorren. Miran. Esperan.
Y cuando encuentran una oportunidad, entran.
Y ahí aparece el otro gran argumento de la política formoseña: Milei.
Si sube el precio de los fideos: Milei.
Si aumenta el combustible: Milei.
Si hay inflación: Milei.
Si llueve demasiado: probablemente Milei.
Y si mañana desaparecen las ojotas del patio y la ropa del tendedero:
“La responsabilidad es del modelo económico nacional”. Siempre algo de razón habrá.

Mientras tanto, las criaturas ya no tienen ni las ojotas aseguradas.
Ni la ropa. Ni las bicicletas. Ni tu moto.
Ni las herramientas. Ni la tranquilidad.

Y lo más preocupante es que los protagonistas de algunas de estas escenas son cada vez más jóvenes.

Eso debería encender todas las alarmas. Porque detrás del adolescente que roba puede haber una familia desestructurada, abandono escolar, consumo problemático, pobreza, ausencia de oportunidades, violencia familiar, fracaso institucional o una combinación de todos esos factores. Allí salen los directores de escuela que no conocen ni la vereda de su escuela y se encuentran con las "chicas" de SeTIC porque les aterra hacer las visitas "ya saben de memoria como y dónde vive el Brayan".

Frente a eso no alcanza con un patrullero. Pero tampoco alcanza con un discurso. Hace falta prevención real, inteligencia criminal, presencia policial efectiva, recuperación de espacios públicos, trabajo social, tratamiento de adicciones, contención familiar y una política educativa que vuelva a poner a los chicos frente a un proyecto de vida distinto al de la esquina.

Si un chico de 14 o 15 años descubre que su futuro está en una moto, una bolsa con mercadería robada y alguna dosis de droga, el problema ya no es solamente policial.
Es social. Es educativo. Es político.

Y es profundamente humano. Allí la política del Peronismo debería hacer un mea culpa. Llenos de transversales el Peronismo perdió humanidad y perdió músculo.

Ahora bien, hay algo que conviene recordar cada vez que se aproxima una elección.

La inseguridad puede convertirse en un formidable negocio político.
Cuando faltan respuestas, aparecen las promesas.
Cuando falta plata, aparecen los Sponsors.
Cuando llegan las elecciones, mágicamente pueden aparecer algunos recursos para la campaña, alguna bolsita con arroz, un par de paquetes de fideos y, según comentan irónicamente algunos vecinos, hasta aquello que no debería circular jamás por las calles.

Cuando la política necesita votos, hasta la pobreza puede convertirse en herramienta electoral.

El círculo es perfecto. Unos administran la necesidad. Otros explotan la necesidad. Y el vecino queda en el medio.

Por eso aquella vieja pregunta del Chapulín vuelve a tener vigencia:

¿AHORA QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?

¿El señor Jirafales?
¿Ñoño?
¿Milei?
¿El patrullero que pasa a tres cuadras? Los multitudinarios paseos de policías por el barrio una vez al año.
¿La garita de seguridad que solamente algunos pueden pagar?
¿O será que, finalmente, alguien va a entender que la seguridad no se garantiza con discursos, estadísticas ni excusas?

En los barrios hay vecinos que simplemente quieren algo bastante revolucionario:
poder dormir tranquilos y encontrar mañana las mismas cosas que dejaron esta noche dentro de su casa.

Cuando el vecino empieza a preguntarse si tiene que proteger su casa, su auto, sus hijos, su bicicleta, su ropa y hasta las ropas del tendedero, quizá el problema ya no sea la “sensación de inseguridad”. Quizá sea, sencillamente, la inseguridad.

A esta altura de las cosas los queridos vecinos de Formosa ya no saben si sería mejor ir a vivir al "carajo" con un par de gomeras. El "carajo" nunca fue ni será la solución.

Pensar que no sabemos dónde estamos es lo de hoy. Pensar que podemos estar peor está sacando de quicio a muchas familias, que ven a la terminal como el mejor lugar de Formosa.

Sobre todo cuando esa decisión familiar es para salvar un hijo o hija de caer donde ya sabemos que caen muchos jóvenes en Formosa y cualquier ciudad Argentina. Que lástima que Maduro duró tantos años en el poder solo para volverse más rico que pollo asado robado al vecino.

Viva Perón. Viva el "carajo" como vivienda digna y complejo habitacional.

Autor: Roberto Verdún