OPINIÓN
La ciudad del filtro perfecto y la heladera vacía
Todos comen sushi, hamburguesas gigantes, brunches eternos, café de especialidad, pizzas napolitanas y postres bañados en oro imaginario. Si en Formosa. Hay influencers que desayunan afuera, almuerzan en otro lugar, meriendan mostrando “la mejor cafetería de la ciudad” y cenan grabando reels con luces tenues y música de moda. Después suben historias desde locales de ropa, gimnasios premium, viajes improvisados y noches donde el problema más grave parece ser elegir entre una IPA artesanal o un gin tonic importado.
Mientras tanto, del otro lado de la pantalla, hay miles de formoseños mirando eso con la calculadora en la mano para ver si llegan al quince de cada mes. Y ahí aparece una sensación silenciosa pero brutal: “¿El único pobre soy yo?” No. El problema es que las redes dejaron de mostrar la realidad y empezaron a fabricar una ficción permanente. Una ciudad partida en dos. Donde siempre esperas que surja la propaganda política o aparezca el esponsor de camioneta cero KM. La Formosa del algoritmo y la Formosa real.
La real es la del empleado público que cobra un sueldo pulverizado por la inflación. La del docente que hace malabares. La del jubilado que elige entre remedios o comida. La del trabajador informal que vive endeudado. La del comerciante pequeño que apenas sobrevive. La del monotrobutista haciendo números. La del joven profesional que estudió años y aun así no puede independizarse.
Pero en Instagram y TikTok pareciera que todos viven sobrados. Y eso tiene explicación. Muchos influencers no pagan lo que consumen. Les regalan comidas, ropa o servicios a cambio de publicidad. Otros muestran una vida financiada con tarjetas, canjes o apariencias. Y otros, directamente, forman parte de un pequeño sector privilegiado que sí tiene acceso a un nivel de vida completamente desconectado de la mayoría de los formoseños.
El problema no es que alguien salga a comer o le vaya bien. El problema es cuando se instala una estética del éxito permanente en una provincia donde gran parte de la población vive ajustada y en silencio. Porque las redes terminan funcionando como una vidriera cruel: unos exhiben abundancia mientras otros sienten vergüenza de no poder darse ni un gusto básico.
Y entonces aparece la culpa. La sensación de fracaso personal. Como si no llegar a fin de mes fuera responsabilidad individual y no el resultado de años de salarios bajos, dependencia estatal, falta de oportunidades reales y una economía provincial donde unos pocos concentran privilegios mientras la mayoría sobrevive.
Formosa tiene algo muy particular: conviven el lujo exhibido y la pobreza escondida. La selfie gourmet tapa el drama cotidiano. Nadie filma el changuito vacío del supermercado. Nadie hace reels mostrando cómo estiran un paquete de arroz toda la semana. Puteando por la garrafa a treinta o la nafta, imposible con plata de tu bolsillo, con vale del gobierno ni me importa.
Nadie sube historias diciendo que tuvo que pedir fiado para cargar la SUBE o comprar pan. Porque en esta época parecer pobre está prohibido. Hay que aparentar.
Y esa presión social destruye emocionalmente a mucha gente. Porque no solo falta el dinero: también te hacen sentir que quedaste afuera de una fiesta a la que aparentemente todos fueron invitados menos vos.
Pero la verdad suele ser menos glamorosa de lo que muestran los filtros. Hay más endeudamiento, ansiedad y vacío detrás de muchas publicaciones de lo que la gente imagina. Las redes premian la apariencia, no la honestidad.
Quizás el verdadero acto de rebeldía hoy sea dejar de compararse con una ficción digital. Entender que la mayoría silenciosa de Formosa no vive comiendo afuera ni estrenando ropa cada semana. Vive contando monedas, renegociando cuentas con saldo insuficiente, resistiendo como puede.
La diferencia es que algunos muestran la mesa llena. Y otros, simplemente, no muestran nada.
Carajo, carajo, carajo, viva Perón y Evita hasta la victoria siempre. Que será de nosotros? Jugaste al Quini? Solo alcanzó para la matutina y cuídarse de la ludopatía.
Autor: Roberto Verdún