OPINIÓN
Bonhoeffer en Formosa: cuando la obediencia reemplaza al pensamiento
El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, que enfrentó al nazismo y lo pagó con su vida, dejó una advertencia que hoy resuena con una incomodidad brutal: el mayor peligro de una sociedad no es la maldad, sino la estupidez colectiva. No hablaba de ignorancia ni de falta de educación. Hablaba de algo más profundo y más inquietante: la renuncia voluntaria a pensar.
Bonhoeffer vio cómo millones de alemanes no solo toleraban a Hitler, sino que lo defendían. Incluso cuando la realidad era devastadora, incluso cuando la evidencia era innegable. Y llegó a una conclusión demoledora: cuando el poder se vuelve prolongado, invasivo y dominante, logra algo más efectivo que el miedo, logra moldear la mente de la sociedad. La persona deja de pensar como individuo y empieza a pensar como parte de una masa.
Formosa, salvando las distancias históricas, plantea una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Qué ocurre cuando una sociedad vota durante décadas al mismo signo político sin alternancia real? ¿Es convicción… o es hábito? ¿Es elección libre… o es una estructura que condiciona, influye y moldea? Porque cuando el voto deja de ser una herramienta de control del poder y pasa a ser un mecanismo de ratificación permanente, la democracia empieza a vaciarse desde adentro.
Bonhoeffer advertía que el estúpido, en su sentido filosófico, no puede ser convencido con argumentos. No porque no entienda, sino porque no quiere entender. Está atrapado en un sistema de ideas que no cuestiona. Repite. Justifica. Defiende. Y, lo más grave, lo hace incluso cuando ese mismo sistema lo perjudica y termina votando "Milei". Ahí es donde el poder encuentra su mayor victoria: no cuando reprime, sino cuando logra que la sociedad lo defienda por sí sola, cuando vemos a los defensores del modelo y no sabemos de qué hablan.
En lugares donde el empleo depende del Estado, donde la crítica tiene costo social, donde la información circula filtrada, ensobrada y donde el cambio genera miedo, la libertad formal existe, pero la libertad real se vuelve discutible.
Y entonces aparece el fenómeno que describía Bonhoeffer: la estupidez como producto político. No como insulto, sino como resultado de un sistema que desalienta el pensamiento crítico y premia la obediencia al modelo Formoseño, con niños utilizados con preguntas guionadas por adultos.
No se trata de decir que un pueblo es incapaz. Todo lo contrario. Se trata de preguntarse si ese pueblo está siendo empujado, condicionado o acostumbrado a no cuestionar, por dos mangos y un cargo en la provincia.
Porque ninguna sociedad está condenada a repetir su historia. Pero para cambiarla, primero tiene que animarse a pensarla y encontrar quien se anime y no caiga en tentaciones. Y ahí está el punto más incómodo de todos: tal vez el problema no sea solamente quién gobierna, si no cuánto estamos dispuestos a cuestionarlo.
Bonhoeffer decía que la estupidez es más peligrosa que la maldad porque la maldad sabe que es mala, pero la estupidez cree que está haciendo el bien. Aunque nos cueste pensar que somos masa, año tras año, viva Perón y Evita también, "carajo".
Autor: Roberto Verdún