OPINIÓN
La escuela como escenario y no como lugar de aprendizaje
En los últimos años, la escuela secundaria parece haber entrado en una extraña competencia de visibilidad donde lo importante ya no es lo que ocurre dentro del aula, sino lo que se muestra afuera.
Buzos pintados, chombas intervenidas, banderas, coreografías, humo de colores, cotillón, el “último primer día” con alcohol, caravanas, música y festejos que muchas veces terminan con estudiantes que ni siquiera están en condiciones de entrar a clases. Y, sin embargo, todo esto no solo se tolera, sino que muchas veces se avala desde las propias instituciones y hasta desde los Ministerios de Educación, porque más relevante que la seguridad es una foto para el Facebook.
La pregunta es simple y a la vez incómoda: ¿en qué momento la escuela pasó de ser un lugar de formación a ser un escenario de eventos?
Se supone que la escuela debe educar, cuidar, formar ciudadanos responsables, promover hábitos saludables y valores. Pero se naturaliza que adolescentes comiencen el último año festejando con alcohol, sin dormir, y en algunos casos generando disturbios. Tan contradictoria es la situación que algunos colegios no permiten el ingreso después de esos festejos, pero nadie se anima a discutir en serio el sentido de todo esto. Es como si la escuela mirara para otro lado mientras ocurre todo afuera, pero después intenta poner límites cuando el problema entra por la puerta y es más fácil decir que se hace algo prohibiendo celulares.
Lo mismo sucede con la obsesión por las chombas, los buzos, los colores, los nombres, las presentaciones, las fotos y los eventos. Pareciera que el último año se convierte en una especie de despedida permanente, donde todo gira alrededor de la identidad del curso como grupo, pero muy poco alrededor de lo académico, del pensamiento crítico, de la preparación para la vida adulta o para el estudio superior y solo gira en torno a los pingües negocios del dueño de la fábrica de chombas.
Nadie está en contra de que los estudiantes tengan recuerdos, identidad grupal o momentos de celebración. El problema es cuando eso se vuelve más importante que estudiar, que aprender, que leer, que escribir, que pensar. El problema es cuando la escuela empieza a mostrar en redes sociales las banderas, las remeras y los festejos, pero no muestra resultados de aprendizaje, proyectos científicos, trabajos de investigación, lectura, debate o producción intelectual.
Entonces la escuela corre el riesgo de vaciarse de contenido y llenarse de eventos, donde los primeros fracasados son los docentes que han perdido la batalla.
La esencia de la escuela no está en la chomba pintada, ni en la bandera, ni en el último primer día, ni en la foto para Instagram o en el Facebook del Ministerio de Educación. La esencia de la escuela está en el aula, en el docente enseñando, en el alumno aprendiendo, en el esfuerzo, en el error, en la lectura, en el pensamiento, en la formación de una persona que el día de mañana tenga herramientas para vivir, trabajar, pensar y ser libre. No solo suponiendo en irse de Formosa, porque su realidad es solo frustración sin encajar en el modelo.
Cuando la escuela empieza a preocuparse más por lo que se muestra afuera que por lo que se enseña adentro, deja de ser escuela y se transforma en una escenografía educativa. Y ese es un problema mucho más serio que una chomba pintada.Seguramente esta idea de modelo no era del general, aunque en su nombre todo es posible. Viva Perón y Evita también, carajo.
Autor: R.V.