Qué buscan Trump y Netanyahu con los ataques
EEUU e Israel descabezan Irán con la mirada puesta en el control del flujo mundial de petróleo
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se quitó definitivamente la máscara de pacificador mundial y dejó a un lado su compromiso para evitar por la vía diplomática que Irán fabrique armas nucleares, esgrimido como argumento principal de las engañosas negociaciones con el régimen islámico. Los objetivos reales del ataque combinado lanzado por EEUU e Israel buscan la decapitación de la dictadura islámica, el afianzamiento del Estado judío como superpotencia aliada en Oriente Medio, ya sin enemigos de altura en la región, y el refuerzo del control del flujo mundial de petróleo y gas en una zona que abastece en buena parte a China, el principal rival global de Washington.
La oleada de bombardeos lanzada por las fuerzas coordinadas de Israel y EEUU alcanzó blancos civiles y militares por todo Irán, mató civiles y a militares y funcionarios del régimen. El Gobierno israelí confirmó que tanto el presidente iraní, Masud Pezeshkian, como el líder supremo de la República Islámica, el ayatolá Alí Jamenei, figuraban entre los blancos prioritarios de los ataques conjuntos. De madrugada, la agencia iraní de noticias IRNA y la televisión estatal confirmaron la muerte de Jamenei, sin especificar las circunstancias.
Además de la muerte de su líder supremo, Teherán ha confirmado este domingo que en los ataques han fallecido el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general Abdorrahim Musaví, el comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Mohamad Pakpur, el ministro de Defensa, el general Aziz Nasirzadeh, así como el secretario del Consejo de Defensa, Ali Shamjani.
Irán respondió los ataques disparando sus propios misiles contra Israel y las principales bases estadounidenses en torno al Golfo Pérsico, en Arabia Saudí, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Antes, Jamenei y otros altos dirigentes fueron evacuados fuera de Teherán, a un refugio seguro. Pese a todo, según Israel, los ataques acabaron con la vida de “varias figuras esenciales para la gestión de la campaña y el Gobierno” de Irán.
Las negociaciones Irán-EEUU dinamitadas
La ofensiva simultánea sepultaba los esfuerzos diplomáticos que en las últimas semanas habían sentado a la mesa de negociaciones a iraníes y estadounidenses. No parece que tales encuentros vayan a repetirse, pues todo apunta a que los ataques de este sábado son solo el preámbulo de acciones más contundentes por parte de EEUU e Israel.
Este jueves se había celebrado en Ginebra la tercera ronda de esas negociaciones entre EEUU e Irán sobre el programa nuclear de este país, que la Casa Blanca e Israel consideran que está orientado a la producción de armas atómicas, punto que Teherán niega. La reunión, a juicio de los iraníes, fue la más importante de las tres celebradas y concluyó con “grandes avances” y la esperanza de alcanzar acuerdos.
A todo el mundo le quedó claro que Irán no tenía en sus cálculos renunciar totalmente al enriquecimiento de uranio, pero sí parecía que ese programa podría ralentizarse para tranquilizar a israelíes y estadounidenses. En apariencia se avanzaba por buen camino, hasta el extremo de que se habló de que la próxima reunión podría tener lugar en unos días en Viena.
Diplomacia para dar tiempo al zafarrancho de combate
Nada más lejos de la realidad. Mientras el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, jefe de la delegación persa, hacía estas consideraciones, EEUU ultimaba sus preparativos para lanzar el ataque de este sábado. Demostraba así que esas reuniones fueron solo un engaño para ganar tiempo y dejar a Irán con las dudas de si realmente se podría evitar la hecatombe ya acordada por Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El despliegue hacia Oriente Medio de la mayor flota de guerra despachada por EEUU a una zona de conflicto desde la invasión de Irak en 2003 no era un farol.
Al justificar el ataque, Trump indicó que uno de sus objetivos era finiquitar ese programa nuclear, pero el presidente estadounidense aclaró que había otras prioridades: “aniquilar” la capacidad militar de ese país y derrocar la teocracia al mando. “Vamos a destruir sus misiles y enterrar su industria misilística. Va a ser totalmente destrozada. Vamos a aniquilar a sus fuerzas armadas”, aseguró.
Después centró sus amenazas en el régimen de los ayatolás, a quienes calificó como un “grupo salvaje y de gente terrible, cuyas actividades amenazadoras ponen en peligro a los Estados Unidos”. Por eso, instó al pueblo iraní a alzarse contra sus dirigentes: “La hora de vuestra libertad está al alcance de vuestras manos (…) Cuando hayamos terminado, tomad el Gobierno (…). Esta será probablemente vuestra única oportunidad en generaciones”, demandó.
La población iraní, blanco de las bombas israelíes
Sin embargo, la operación lanzada por EEUU e Israel tuvo muy poca piedad con esa misma población civil a la que Trump pedía que se refugiara en sus casas y esperara. Con la misma brutalidad con la que el ejército israelí masacró durante más de dos años la Franja palestina de Gaza y acabó con la vida de más de 71.000 palestinos, las bombas israelíes destruyeron en la mañana del sábado una escuela de primaria en la ciudad de Minab, en el sur de Irán, y asesinaron a 85 personas, la inmensa mayoría niñas.
Si lo que pretende Washington, como se deduce de las palabras de Trump, es desatar nuevas protestas internas, como las ocurridas en enero por todo Irán contra el régimen teocrático y las malas condiciones económicas, está cometiendo un gran error. Los analistas explican que matanzas como la de Minab solo llevarán a una mayor cohesión de los iraníes contra la amenaza externa, más aún si vienen de los peores enemigos de Irán.
La carencia de una oposición unida en Irán y la existencia de grupos étnicos muy diferenciados, desde los azeríes en el noroeste a los baluchis en el sureste, no parece que vaya a propiciar esa insurrección masiva imprescindible para demoler el Estado islámico sin una invasión desde el exterior. Y ni EEUU ni Israel tienen en estos momentos la capacidad ni la intención de acometer tal ataque terrestre para desmantelar el régimen teocrático y sustituirlo por un Gobierno amigable. Tampoco para desbaratar el ejército iraní, uno de los más cohesionados de Oriente Medio, o a unas fuerzas de seguridad capaces de aplicar la represión más feroz, como ocurrió en enero, sin quedar erosionadas.
La prioridad: acabar con el arsenal de misiles balísticos y con los ayatolás
En estos momentos, coincidiendo con Trump, el objetivo prioritario de Netanyahu y sus aliados ultraderechistas no es tanto el enriquecimiento de uranio como el arsenal de misiles balísticos de Irán y la cúpula de poder del régimen islámico, en sus ámbitos religioso, político y militar.
Este ha sido golpeado una y otra vez con atentados orquestados por EEUU e Israel, incluso con asesinatos en el mismo Irán. Sin embargo, la estructura militar iraní está acondicionada para regenerarse de forma inmediata. Siempre habrá quien sustituya al mando eliminado con celeridad, aunque sea de la categoría del general Qasem Soleimani, el legendario comandante de la fuerza Quds, la división más temida de los Guardianes de la Revolución, asesinado en 2020 en Bagdad precisamente por orden de Trump, entonces en su primer mandato presidencial.
La Casa Blanca, que en las negociaciones con Teherán había evitado ligar la cuestión de los misiles balísticos iraníes con el tema nuclear, accedió finalmente bajo presión israelí a incluir la destrucción de este potencial bélico como una de las prioridades de esta campaña contra Irán. Algunos de esos misiles tienen un rango de más de 3.000 kilómetros, poniendo a su alcance, como se vio este sábado, el territorio israelí y las principales bases estadounidenses en la región.
Lo que más preocupa a Netanyahu y a los lugartenientes de Trump en la Casa Blanca es, sin embargo, la eliminación de la cúpula dirigente iraní. Crecen las voces de quienes piden que se repita en Irán el golpe de gracia ejecutado en Venezuela, que derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro. Es lo que se querría hacer ahora con Jamenei, para debilitar la resistencia del ejército y mandar un mensaje de capitulación a las milicias proiraníes que pululan por todo Oriente Medio, desde Hizbulá en el Líbano a los hutíes en Yemen.
Pero Irán no es Venezuela. Quizá no lo adviertan en la Casa Blanca, pero sí lo saben en Israel. Netanyahu podría haber dado ese paso hace mucho tiempo, pero el riesgo era muy alto y es mejor que lo asuma EEUU, incluso a costa de empantanarse en una larga contienda.
Con esa intención, y para centrar las miradas en Irán y que nadie se fije en lo que pasa en Gaza y Cisjordania, donde continúa inexorable el proceso de anexión israelí, a Netanyahu le interesa mucho que esta crisis, convertida en guerra abierta, se extienda por toda la región. Y si no puede ser en forma de contienda militar, al menos que lo sea como una hecatombe económica que haga temblar los mercados y alcance a lugares tan distantes como China o la Unión Europea.
El riesgo de una hecatombe petrolífera
Lo señalan los expertos. Esta campaña contra Irán puede sacudir el mercado del petróleo con la caída de los suministros de las extractoras iraníes y con la amenaza, muy real, de que Teherán bloquee el estrecho de Ormuz e impida el trasiego marítimo de crudo hacia el resto del mundo. La amenaza de un barril de petróleo a cien dólares es muy real.
Irán es en estos momentos el quinto productor de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) por detrás de Rusia, Arabia Saudí, Irak y Emiratos Árabes Unidos. Produce unos 3,3 millones de barriles al día, es decir un 11% del total de los doce países que integran la OPEP. Equivale a un 4,5% del bombeo global.
Sin embargo, importan tres cosas en esta evaluación de la capacidad petrolífera de Irán. En primer lugar, que dispone de las terceras reservas de crudo más importantes del mundo, después de Venezuela y Arabia Saudí. Las reservas de Venezuela están ahora supervisadas por EEUU y las de Arabia Saudí son de un país aliado de Washington dispuesto incluso a meterse en esta refriega contra Irán, su rival en el Golfo Pérsico.
Además, Irán es uno de los grandes abastecedores de China, a la que envía el 90% de su producción, lo que supone un 10% de las compras de crudo chinas. Es normal que Pekín haya levantado la ceja y exigido el “cese inmediato” de las hostilidades. Y no es baladí este resquemor. A nadie se le escapa que en la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU figura el estrangulamiento energético de China, su mayor competidor global.
En tercer lugar, está el daño que Teherán podría hacer al tráfico de hidrocarburos en Oriente Medio si se ve bajo una amenaza existencial. Si Irán ataca en represalia los yacimientos petrolíferos de sus vecinos del Golfo, y tiene capacidad para hacerlo, o cierra el estrecho de Ormuz al paso de los petroleros árabes, asiáticos y occidentales, la catástrofe está asegurada. Por Ormuz pasa el 22% del petróleo mundial y un 20% del gas licuado.
Si se cierra Ormuz en este contexto actual, la guerra de Irán se habrá convertido en una guerra mundial por sus efectos devastadores a la economía del planeta. Y solo hay que recordar que, en junio pasado, cuando Israel y EEUU atacaron Irán, el Parlamento iraní ya pidió el cierre de Ormuz.
Fuente: Página 12