NI UNA MENOS
En pleno 25N, el país enfrenta una realidad que ya no admite excusas
En Argentina, el 25 de noviembre no es solo una fecha simbólica: es un grito. Un recordatorio doloroso de que las violencias machistas siguen siendo una emergencia nacional que arrasa proyectos de vida, rompe infancias y desgarra comunidades. Los números que reveló esta semana el Observatorio de MuMaLa son el espejo más crudo del problema: 229 femicidios entre el 1° de enero y el 20 de noviembre de 2025, es decir, un asesinato por motivos de género cada 34 horas.
La frialdad de la estadística esconde historias que merecían otro destino. Detrás de esos 229 crímenes, hay 178 femicidios directos, pero también niñas, adolescentes y mujeres asesinadas en contextos vinculados (2 casos), así como 18 varones y niños muertos por defenderlas o quedar en medio de la agresión. El informe también incluye un lesbicidio y tres trans/travesticidios, pruebas de que las violencias por identidad o expresión de género siguen siendo un riesgo real en nuestro país.
Uno de los datos más alarmantes es el avance de las violencias extremas asociadas a otros delitos: 19 femicidios se cometieron en contextos de narcotráfico y crimen organizado, un fenómeno que crece y complejiza aún más la prevención. A esto se suman 8 suicidios feminicidas, donde la víctima es empujada o inducida por su agresor al suicidio, modalidad que especialistas reclaman visibilizar con urgencia.
Y la lista continúa: 10 muertes violentas asociadas al género en robos y otros delitos, y 36 casos todavía en investigación, a la espera de peritajes que confirmen si se trató o no de femicidios.
Las consecuencias humanas de esta violencia estructural también son medibles: 157 niñas, niños y adolescentes quedaron sin madre este año. Vidas atravesadas por un antes y un después que no eligieron.
La radiografía de las víctimas también es reveladora. La edad promedio es de 40 años, pero entre ellas había 22 niñas y adolescentes, el 10% del total, y 36 mujeres mayores de 60, lo que demuestra que la violencia de género no distingue etapa de vida: atraviesa generaciones enteras.
Y quizás el dato más difícil de digerir: solo el 15% había denunciado previamente a su agresor. La cifra confirma lo que los feminismos vienen advirtiendo hace años: denunciar no siempre es una opción segura, accesible o eficaz. A esto se suma que, entre las que sí habían logrado acceder a una medida judicial, el 53% tenía perimetral, pero solo el 16% contaba con botón antipánico. Una evidencia más de que las medidas de protección siguen sin acompañarse de las herramientas operativas necesarias para que funcionen.
El lugar donde estas mujeres perdieron la vida también es elocuente: el 65% de los femicidios ocurrió en el hogar de la víctima o en el que compartía con su agresor; otro 10% en la vivienda del femicida y 12% en la vía pública. La violencia de género continúa siendo, mayoritariamente, una tragedia que se cocina puertas adentro, donde nadie mira y donde las víctimas están más solas.
En este 25N, los números no dejan margen para discursos vacíos. El país necesita políticas integrales, presupuestos reales, capacitación obligatoria, Justicia con perspectiva de género y dispositivos que no lleguen tarde. Necesita escuchar más y negar menos. Necesita, sobre todo, dejar de justificar lo injustificable.
Cada 34 horas una mujer es asesinada. No es un dato: es una advertencia. Una que no deberíamos permitirnos ignorar. Porque lo contrario, la indiferencia también mata.