SALUD PÚBLICA
A 38 años del Garrahan, del sueño de Alfonsín al ajuste de Milei
El Hospital de Pediatría “Juan P. Garrahan” cumple un nuevo aniversario y se convierte, inevitablemente, en espejo de dos Argentinas muy distintas. La primera es la que en 1987 imaginó Raúl Alfonsín al inaugurar este centro de salud de alta complejidad: un país que, pese a las dificultades de la transición democrática, apostaba a construir instituciones sólidas que garantizaran derechos esenciales como la salud y la educación. “Este hospital será la demostración de lo que somos capaces de hacer cuando la solidaridad y la justicia social guían nuestras acciones”, dijo aquel día, convencido de que la medicina debía ser un puente hacia la igualdad.
La segunda Argentina es la de hoy, atravesada por la crisis económica y por un modelo de gestión que parece concebir al Estado más como un gasto que como una inversión en futuro. Bajo la presidencia de Javier Milei, el Garrahan enfrenta serias dificultades: presupuestos insuficientes, reclamos salariales del personal, falta de insumos y riesgo de que se resienta la calidad de atención que lo convirtió en referencia para toda Latinoamérica.
El contraste no es solo presupuestario, sino también simbólico. Alfonsín entendía que el Garrahan debía ser una política de Estado, un emblema de la igualdad de oportunidades para los niños que llegaban desde los rincones más lejanos del país. Hoy, esa misión parece puesta en duda. No se trata de un hospital más: es un refugio de esperanza para más de 600.000 chicos que, año tras año, encuentran allí la atención que en sus provincias sería imposible recibir.
El aniversario debería ser un motivo de celebración. Pero, en medio de la incertidumbre, también es un llamado de alerta. ¿Qué significa para una sociedad resignarse a que su hospital pediátrico más importante pierda fuerza? ¿Qué futuro se está dibujando cuando lo que alguna vez fue un símbolo de equidad corre el riesgo de ser reducido a números en una planilla de ajuste?
Recordar las palabras de Alfonsín no es un gesto nostálgico, sino un acto político y ciudadano: volver a afirmar que la salud es un derecho, y que ese derecho no puede depender de coyunturas económicas ni de ideologías pasajeras. El Garrahan nació como símbolo de dignidad y solidaridad; mantener viva esa llama es responsabilidad de todos.