2025-07-27

Opinión

La fiesta libertaria y el ocaso del amor al prójimo

El Odio ya tiene su fiesta.

Córdoba fue escenario, días atrás, de una extraña celebración: la llamada "fiesta libertaria". Organizada por él ¿Intelectual? Agustín Laje, el gordo Dan y otros referentes odiadores seriales, Lo que debería haber sido un espacio de pensamiento, debate o incluso celebración política, se transformó en un Tributo al odio.

Hubo discursos cargados de violencia, insultos, transgresiones a toda norma básica de convivencia. Se eligió un enemigo: la izquierda. No una idea, no una posición política, sino una figura demonizada, personalizada, a la que se le niega el derecho a existir.

La puesta en escena fue un reflejo del estilo que hoy domina el poder. No es casualidad que el presidente Javier Milei —quien debería ser símbolo de institucionalidad y mesura— haya sido señalado por Google como el personaje público que más insulta en las redes sociales a nivel global. Sí, un récord. Un podio del agravio. Y cuando el ejemplo baja desde lo más alto, no sorprende que lo haga como catarata.

Lo que causa perplejidad, es la participación activa de tres pastores evangélicos en ese evento. Religiosos que, lejos de predicar la paz, el respeto o la fraternidad, se sumaron a una retórica de agresión. ¿Dónde quedó el “amarás a tu prójimo como a ti mismo”? ¿Qué parte del Evangelio justifica humillar, gritar, apuntar con el dedo al distinto? Pareciera que algunos han encontrado en esta nueva derecha violenta una excusa para abandonar el mensaje cristiano y abrazar una cruz: no la del sacrificio por amor, sino un premio por odiar.

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Lo preocupante no es solo lo que se dijo, sino la ovación con la que fue recibido. La exaltación del insulto. La validación del odio como forma de hacer política. ¿Será este el nuevo orden mundial? ¿Una sociedad en la que el respeto sea considerado un rasgo de tibieza, y la compasión un signo de debilidad?

La democracia no puede construirse sobre la base de enemigos internos. Y la libertad de expresión no es una licencia para degradar. Disentir es sano; odiar, no. Si no marcamos esa diferencia con claridad, corremos el riesgo de que lo que hoy nos parece una exageración termine siendo la norma.

Estoy aturdido. Alarmado. Pero no resignado. Porque mientras haya voces dispuestas a señalar estos peligros, aún queda esperanza de recuperar el verdadero sentido de la convivencia: el desacuerdo, sí, pero también el respeto; la crítica, claro, pero sin odio.

Como dijo Mahatma Gandhi:
“La violencia es el miedo a los ideales de los demás.”

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