El odio como nuevo orden
No naturalicemos la violencia
Vivimos en una era en la que el odio se ha convertido en moneda corriente. Se disfraza de justicia, de causa justa o de verdad manipulada: el nuevo orden mundial parece premiar a quien odia más, a quien delibera con más fuerza, a quien grita más alto. Como si la humanidad hubiera entrado en una competencia perversa por extinguir los últimos vestigios de altruismo, solidaridad y amor.
La libertad, ese derecho inalienable, hoy es una prerrogativa para unos pocos. No es un bien común, sino un privilegio que se otorga según el grado de obediencia al discurso dominante. Quien disiente, quien cuestiona, quien no aprueba la narrativa autorizada, es condenado al exilio social: lo castigan, es objeto de burla, lo amordazan. La disidencia se paga caro, y el precio es la exclusión.
Los inquisidores del presente ya no llevan túnicas ni cruz, pero gozan de excelente salud. Son las nuevas castas del pensamiento único, expertos en dictar qué se debe pensar y cómo. El pensamiento crítico se vuelve herejía, y la diversidad —esa palabra que tanto se enarbola en pancartas— agoniza bajo una intolerancia disfrazada de progreso.
Mientras tanto, el odio prolifera como una plaga. Se lo cultiva en redes sociales, se lo multiplica en los medios, se lo adorna con discursos que invitan a “luchar”, a “resistir”, a “enfrentar” para imponer una “batalla cultural”. Todo se resuelve en un ring, en un campo de batalla simbólico donde no hay espacio para los matices, ni para el diálogo, ni para el respeto. Los buenos modales han sido archivados junto con el sentido común.
Estamos presenciando una época donde la beligerancia se ha vuelto virtud. Se exalta al que nunca perdona, al que nunca cede, al que jamás se opone al delirio mesiánico de unos pocos. Pero ¿qué nos queda cuando desaparece la empatía? ¿Hacia dónde vamos cuando amar se convierte en un acto de resistencia?
Quizás no odiamos lo suficiente, como ironizan algunos. O tal vez, el verdadero problema es que hemos dejado de amar con la intensidad necesaria para cambiar las cosas.
“Los pueblos a los que no se les permite discrepar están condenados a obedecer.”
— Eduardo Galeano