jueves 23 de julio de 2026

OPINIÓN

El efecto mosca - Aniversario de Ingeniero Juárez

La fiesta la paga el pueblo con su propia miseria y en algunos casos con su sueldo de empleado público.
martes 21 de julio de 2026

Existe un comportamiento que explica nuestra decadencia política: el efecto mosca. Este insecto no busca la luz. No se posa sobre lo limpio, sobre lo que florece. Busca lo podrido, la herida abierta, el desecho. Cuanto más intenso el olor a descomposición, más grande el enjambre. Termina amando el lugar que lo enferma.

Así estamos como sociedad. Abandonamos la idea de crecimiento para enamorarnos de verdugos. Dejamos de elegir proyectos para elegir venganzas. Ya no votamos a quien ofrece una salida, sino a quien promete castigar a otro.

Hoy, Ingeniero Juárez celebra casi cien años de su fundación con bombos y platillos. Escenario, luces, discursos y artistas caros. Una fiesta presentada como homenaje al pueblo. Pero nadie dice la verdad: no hemos avanzado nada.

A modo de reflexión, casi cien años y seguimos viendo lo mismo: calles pintadas con cal y pinceles. Esa imagen es el ejemplo más claro de la corrupción y del manoseo de los fondos públicos. Una puesta en escena precaria para simular gestión donde no hay gestión. Pintan el cordón mientras por debajo se llevan todo.

Te montan el escenario gigante, las luces, los artistas traídos a precio de oro, el locutor gritando "¡para nuestro querido pueblo!". Te hacen el festival del pueblo, el aniversario, el homenaje al vecino. Todo gratis, todo popular, todo del pueblo.

¡Mentira! Nada es gratis. La fiesta la paga el pueblo con su propia miseria y en algunos casos con su sueldo de empleado público pagando entradas y comprando bingos. Ese espectáculo lo financia el mismo pobre homenajeado. Lo paga con la escuela derruida, el hospital sin insumos, la calle sin asfalto. Lo paga con el futuro sustraído.

El objetivo resulta nefasto: que la música tape la realidad. Que el ruido impida preguntar por qué un hijo carece de trabajo digno, por qué un nieto no encuentra oportunidades, por qué la juventud deambula sin rumbo, sin oficio, sin proyecto.

Para cerrar el círculo imponen la timba como símbolo de avance. Casino, quiniela, bingo estatal. Quieren convencer de que una ciudad que apuesta progresa. Al contrario: es una ciudad donde murió la cultura del trabajo, reemplazada por la ilusión de zafar mediante un golpe de suerte.

Hacen creer que progreso equivale a espectáculo. No lo es. Progreso implica que, apagadas las luces, quede algo. Cuando el cantante se va, ¿qué queda? Calle rota, hijo sin empleo, puntero anotando quién aplaudió.

En medio de esa distracción aparecen las autoridades provinciales. Llegan cuando el rebaño está entretenido, dejan sus promesas mentirosas, posan para la foto y, pasado el acto, desaparecen como estrellas fugaces. Les sirve este tipo de distracción, porque mientras el pueblo mira el show, ellos se llevan lo más valioso: la esperanza.

Por eso miles de pobladores ya no están. Se fueron esperando ver crecer a su querido Ingeniero Juárez, ese que muchos nombran con cariño solo para mentirle a la gente. Así como el tren desapareció por inacción y por abandono, hoy vemos cómo usan las rutas para llevarse el petróleo vaya a saber a dónde. El oeste formoseño está asentado sobre oro negro y, paradójicamente, se ahoga en la desidia y en la pobreza. Riqueza abajo, miseria arriba. Esa es la realidad.

Cien años después seguimos siendo un pueblo despoblado. El único crecimiento escandaloso es el de los funcionarios de turno y sus amigos de la mesa chica. Enriquecidos de golpe, con un patrimonio que ningún sueldo puede explicar. Amigos que actúan como perros de campo, entrenados para mantener a la tropa en orden, para ladrar y apretar cuando un vecino se anima a preguntar qué pasó con los fondos.

Los recursos llegan. Se reportan como una porción de la torta que se reparte arriba. Abajo solo caen migajas. Mientras arriba se festeja, abajo la gente se empobrece. Familias destruidas, viendo a sus hijos caer en la droga por falta de futuro, por ocio forzado, por desesperanza. Otras familias rotas porque sus hijos debieron irse a buscar en otro lugar lo que acá se les niega. Muchos no regresan jamás.

Respeto profundamente a cada escritor que toma una pluma y deja plasmada la historia. Eso es importante, porque hay que conocer el pasado para que no nos sigan pisoteando en el futuro.

Merecemos que nos gobiernen personas con capacidad de gestión, pero sobre todo con honestidad y con el corazón puesto en la gente.

Romper el efecto mosca exige lucidez urgente: apagar la música ensordecedora, mirar el basurero donde nos hacen bailar, comprender que ningún pueblo se salvó aplaudiendo a quien lo necesita pobre, dependiente y agradecido.

Hoy no se festeja. Hoy se dice basta. Basta de cal y pincel. Basta de fiestas pagadas por el mismo pobre que vuelve a la calle de tierra. Basta de aplaudir a quienes nos empobrecen.

Levanten la voz. Juárez no necesita más circo. Necesita futuro.

Autor: Lic. Liliana Palma - Conductora Hora 20 / FM Espacios 92.5