OPINIÓN

La violencia como nuevo orden democrático

Leyes sancionadas que no se cumplen, generan inseguridad jurídica.

La democracia parece estar atravesando una peligrosa paradoja: quienes dicen defender la libertad promueven políticas de ajuste que debilitan la educación pública, restringen derechos y condenan a miles de jóvenes a un futuro de incertidumbre. ¿Estamos ante una nueva concepción del orden democrático, donde la violencia Institucional se convierte en herramienta de gobierno?

La Violencia está ya germinó en Francia, Bélgica, España, Italia, Argentina y Chile son escenarios de resistencias frente a un modelo que pretende transformar la educación en un privilegio y no en un derecho. Las protestas estudiantiles, las movilizaciones docentes y la defensa de las universidades públicas expresan algo más profundo que un reclamo presupuestario: la disputa por el futuro de una sociedad.

La educación pública nunca fue, solamente, un sistema de enseñanza. Es una de las herramientas más poderosas de ascenso social, porque permite que el origen económico no determine el destino de una persona. El conocimiento, la formación profesional y el rigor académico construyen ciudadanos capaces de pensar, cuestionar el poder y fundamentar sus ideas. Precisamente por eso, un pensamiento crítico resulta incómodo para quienes pretenden gobernar sin cuestionamientos.

Cuando el ajuste destruye oportunidades, cuando la protesta se responde con represión y cuando el estudiante deja de ser considerado un sujeto de derecho, para convertirse en un enemigo del orden, la democracia comienza a vaciarse de sentido. No hace falta prohibir las ideas si se consigue debilitar las instituciones que enseñan a pensarlas. El camino ya estará abierto.

¿Es este el nuevo orden que se pretende instalar? Una sociedad disciplinada por el miedo, administrada con indiferencia y dividida entre quienes pueden pagar su futuro y quienes deben resignarse a no tenerlo.

No se trata de afirmar que todos los gobiernos persiguen un plan de exterminio físico de la juventud, sino de advertir sobre una forma de exclusión que puede condenarla a la marginación intelectual, económica y social.

Porque cuando un sistema necesita la violencia para imponer sus políticas y debilitar la educación para sostenerse, lo que está en crisis no es el Derecho de los estudiantes: es la legitimidad de quienes gobiernan.

Una democracia que le teme a la juventud que piensa, termina convirtiendo la libertad en obediencia y el futuro en un privilegio.

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