2026-10-10

OPINIÓN

Impunidad a plena luz del día

A veces, esa ayuda nunca llega. Y ninguna niña ni tampoco un niño tiene por qué cargar con eso.

Existe siempre un relato patológico y generalizador cuando se trata de un ataque de índole sexual. La mirada está puesta en evaluar todos los errores en el camino de la víctima: por dónde transitó, cómo se vistió, a qué hora salió y por qué no avisó.

En este hecho, que atañe a una estudiante menor de edad del colegio E.P.E.T. N.º 2, todas esas instigaciones son un ruido de fondo. La respuesta es simple: estaba transitando un barrio céntrico, con un uniforme escolar, a plena luz del día, dirigiéndose a un colegio.

Aun así, y como caracteriza muchas veces a esta provincia, el regaño principal ya no funciona; se desintegra esa premisa que acostumbran a recitar de memoria. Por eso, se pasa a observar críticamente otros aspectos: “Capaz conocía al sujeto”, “¿Por qué se subió a la moto si era un desconocido?”. La mira vuelve a estar puesta en las supuestas falencias de ella.

Una niña que se dirigía a su institución es interceptada por un hombre y obligada, mediante amenazas, a subirse a la moto. Hablamos de una menor, por favor. Incluso en la adultez está presente la posibilidad de no responder ante una situación, ceder ante el miedo, creer que no hay otra opción en ese momento y, principalmente, temer por la propia vida. Podrían haberle pasado muchas cosas por la cabeza o ninguna. No importa. Porque ella no es quien debe responder a una evaluación.

El que debe responder es quien se maneja con impunidad. Y lo principal, en este caso, es que sucedió a plena luz del día. En un barrio del centro, en una hora en la que la presencia de testigos es mayor.

Lo grave no es solamente la acción de este individuo, sino que haya contemplado que, de hecho, podía llevarlo a cabo durante el día, a la vista de varios, como si tuviese ese poder y, peor aún, el derecho de realizarlo.

Aún peor se torna la situación cuando el mismo sujeto que abusó de una menor, a pocas cuadras de donde la interceptó, la vuelve a llevar a las instalaciones para luego marcharse.

Una cosa está clara: creyó que podría hacerlo y que no había suficiente seguridad ni atención en los alrededores que pudiese detenerlo.

¿Cómo podemos vivir confiando en que, si es de día, nada pasará?

Habrán pasado autos; alguien pudo haber visto algo a lo lejos, alguna de estas secuencias, pero nada importa si no hay movilización ni empatía que detenga, interceda o se involucre para ponerle fin a la situación.

El fin llega después, cuando la niña ya tiene que procesarlo, habla, es consciente de la situación y tiene que ser atendida por profesionales.

Cuando la gente sigue con su vida, se entera de la noticia y continúa viviendo con total normalidad. Cuando sus compañeros siguen estudiando, la gente sigue andando por las calles, algunos individuos persisten en el acecho y otros, como este sujeto, recientemente son detenidos, pero sin ese algo que los atormente.

La vida de ella sí tiene que detenerse. Sus estudios, su estado de salud, sus ganas de volver a salir a la calle.

Esto se detiene antes. Padres, no pierden tiempo por acompañar. Policías, no pierden tiempo por recorrer una cuadra más. Autos, motos y personas, no perdemos nada aprendiendo a atender y estar presentes. A veces se dice: “Estoy apurado, pero el que venga después de mí podrá ayudarla”.

A veces, esa ayuda nunca llega. Y ninguna niña ni tampoco un niño tiene por qué cargar con eso.

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