2026-08-18

OPINIÓN

Los pobres de derecha: cuando el sacrificio es necesario

Hay paradojas que son producto de la realidad y otras que son el resultado de una magnífica retórica política, capaz de engendrar pobres de derecha.

No se trata de un insulto, ni tampoco de una categoría inferior o menos apreciable. Es la descripción de una realidad política que desafía la lógica más elemental. Porque, si uno vuelve al origen de las grandes corrientes ideológicas, la actualidad demuestra cómo las paradojas más extremas son posibles.

La derecha nació representando a las élites, a la nobleza, a los propietarios, a quienes entendían que el orden social debía conservarse porque ese orden los beneficiaba. La izquierda, con todas sus contradicciones y matices, surgió expresando las demandas de los sectores populares, los trabajadores, los comerciantes, los pequeños emprendedores y una burguesía que reclamaba mayores espacios de participación.

Cada uno defendía los intereses de quienes decía representar.

Era una discusión ideológica que guardaba coherencia entre el discurso y las convicciones. Así ocurrió, al menos, en los tiempos de la Revolución Francesa.

La paradoja consiste en observar trabajadores que defienden con fervor políticas que reducen su poder adquisitivo; jubilados que celebran ajustes sobre sus propios ingresos; pequeños comerciantes que aplauden medidas que disminuyen el consumo de sus propios clientes; empleados convencidos de que perder derechos laborales constituye un avance hacia la libertad.

Es una curiosa versión política del síndrome de Estocolmo que, con campañas publicitarias, influencers, consultores, estudios de mercado y el auge de la inteligencia artificial, logran su cometido.

Los nuevos pobres de derecha no creen estar votando contra sus intereses. Por el contrario. Están convencidos de estar haciendo una inversión cargada de esperanza y de que el futuro será próspero.

Hoy se sacrifican. Mañana llegará la recompensa. Mañana según Milei, Caputo el ministro de economía y Santilli jefe de gabinete en 30 años seremos potencia.

Y, si no llega, seguramente será culpa de los opositores que no entienden.

Resulta admirable la capacidad de algunos dirigentes para convertir cualquier derrota en una victoria moral.

Si baja el salario, es porque había que sincerarlo.

Si aumenta el desempleo, es porque el mercado se está acomodando.

Si cierran comercios, es porque eran ineficientes.

Si una familia ya no puede consumir lo mismo que antes, en realidad está aprendiendo a vivir sin excesos.

Porque, para la política, todo tiene explicación.

Mientras al trabajador se le exige y se lo aprieta, al poder se le permite conservar privilegios para garantizar la gobernabilidad, la estabilidad o cualquier otra palabra elegante que sirva para explicar por qué algunos cinturones deben ajustarse más que otros.

El discurso tiene incluso una admirable virtud pedagógica.

Consigue convencer al que menos tiene de que el verdadero enemigo es alguien de su misma condición: porque reclama, porque protesta, porque marcha.

Los de abajo pelean entre ellos mientras los de arriba observan el espectáculo con una tranquilidad digna de un palco preferencial.

Un día son los sindicatos.

Otro día, los empleados públicos.

Después, los jubilados.

Más tarde, los movimientos sociales.

Luego, los inmigrantes.

Siempre existe alguien a quien se le atribuyen todas las desgracias nacionales.

Es una comodidad para el poder mostrar siempre al mismo responsable de todos los males: los Kukas, los terroristas, los golpistas.

Si el salario no alcanza, no es porque existan problemas estructurales.

Es culpa de la herencia.

Si la economía no despega, el responsable siempre será el mismo fantasma, creado para tal fin.

Y mientras ese enemigo ocupa todas las pantallas, aparece en todos los discursos y protagoniza todas las acusaciones, las verdaderas discusiones se diluyen, cuidadosamente disfrazadas.

Hay otra idea fascinante que han logrado instalar. Se le dice al trabajador independiente que ya no es un trabajador.

Ahora es un empresario. No importa que apenas le alcance para sobrevivir.

No importa que no tenga vacaciones pagas. No importa que carezca de obra social, aguinaldo o estabilidad.

Esos son detalles menores. Lo importante es el título.

¡Empresario! De sus propias necesidades. Suena mucho mejor. La independencia consiste, curiosamente, en depender de un mercado adverso.

Después aparece la promesa del derrame.

Ese viejo clásico de la economía política que lleva décadas anunciándose como una lluvia de alivio para tus pesares.

Primero deben ganar los grandes. Luego invertirán. Después producirán más. Finalmente contratarán trabajadores que estarán mejor remunerados.

Y entonces la riqueza llegará hasta abajo. Pero hay que esperar. Siempre está por llegar. Mientras tanto, el sacrificio sigue siendo una obligación exclusivamente popular.

Y, aun así, muchos trabajadores sienten que esas voces representan mejor sus intereses que quienes hablan de salarios, empleo o protección social.

No consiste solamente en ganar elecciones. Consiste en convencer al perjudicado de que su perjuicio es un acto patriótico.

Que perder derechos fortalece la libertad.

Que ganar menos estimula el esfuerzo.

Que consumir menos mejora la economía.

Y que la desigualdad es simplemente el precio inevitable del progreso.

Una obra maestra de la comunicación política.

Quizás la más exitosa de los últimos tiempos.

Porque logra que quien está perdiendo crea que, en realidad, está avanzando. En el nombre de la libertad empujaron a la esclavitud a pueblos enteros.

Mientras tanto, la política también descubre que todo tiene precio.

No solamente los bienes y los servicios. También tienen precio las lealtades, las convicciones, los silencios y las voluntades.

Ese es el verdadero mercado del deshonor.

Y cuando un pueblo termina convencido de que perder derechos es una victoria y empobrecerse es un acto de patriotismo, el problema ya no es económico: es cultural. Porque la derrota más profunda no ocurre cuando se vacía el bolsillo, sino cuando se logra que las víctimas aplaudan a quienes las empobrecen.

“EN EL NOMBRE DE LA VERDAD SE HAN CONSTRUIDO MUCHAS MENTIRAS, COMO VERDADES ABSOLUTAS”

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