2026-07-29

OPINIÓN

No hablen de libertad mientras me piden que renuncie a mis derechos

Mientras crecen las voces que romantizan el regreso de las mujeres a roles tradicionales y presentan la renuncia a derechos como un acto de libertad, este artículo reflexiona sobre el avance de los discursos antifeministas, el auge de las tradwives y la ofensiva de una nueva derecha que busca convertir conquistas históricas en privilegios prescindibles. Porque cuando una mujer cede sus derechos, no retrocede solo ella: retrocede toda la democracia.

Soy mujer. Y justamente por eso me resulta imposible mirar en silencio cómo crecen discursos que, envueltos en palabras como "tradición", "familia" o "bien común", buscan convencernos de que la igualdad fue un error.

Me preocupa ver a otras mujeres defendiendo la renuncia a derechos que costaron generaciones de lucha. Porque el derecho a votar, a ocupar espacios de decisión, a estudiar, a trabajar, a decidir sobre nuestro cuerpo, a elegir si queremos ser madres o no, a priorizar una carrera profesional o compartir las tareas de cuidado, nunca fueron privilegios. Fueron conquistas arrancadas a una sociedad que durante siglos nos quiso obedientes, invisibles y dependientes.

Las nuevas tradwives y las referentes antifeministas de la machosfera intentan instalar que volver al hogar y delegar el propio proyecto de vida es una elección inocente. No cuestiono a la mujer que decide dedicarse a su familia. Lo que rechazo es el mensaje político que pretende convertir esa elección en el único modelo válido y presentar la autonomía femenina como una amenaza.

No es casual que estas ideas avancen junto con una derecha cada vez más radicalizada en el mundo. Cuando el poder necesita disciplinar, el primer blanco solemos ser las mujeres. Porque una mujer que decide, que piensa, que vota, que trabaja y que exige igualdad siempre incomoda a quienes sueñan con una sociedad más desigual.

No acepto que me digan que debo agradecer derechos que otras conquistaron con su esfuerzo, ni que me pidan resignarlos para preservar un supuesto orden natural. Ya conocemos ese orden: significó silencio, violencia, dependencia y exclusión.

No pienso pedir perdón por ejercer derechos que otras mujeres conquistaron con cárcel, persecución, violencia y hasta con su vida. Tampoco voy a romantizar un pasado donde nuestro lugar estaba definido por otros y nuestras decisiones dependían de la autorización de alguien más.

La historia demuestra que ningún derecho es irreversible. Cuando las mujeres dejamos de defenderlos, siempre aparece alguien dispuesto a arrebatárnoslos. Por eso no alcanza con haber llegado hasta aquí: hay que sostener cada conquista y ampliar las que aún faltan.

No quiero un futuro donde nuestras hijas vuelvan a agradecer permisos disfrazados de derechos. Quiero una sociedad donde ninguna mujer tenga que elegir entre su libertad y la aceptación social. Porque los derechos de las mujeres no se negocian, no se entregan y no se sacrifican en nombre de ningún supuesto "bien común". Se defienden. Siempre. Porque cada derecho que una mujer pierde es un pedazo de democracia que toda la sociedad deja atrás.

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