2026-06-22

OPINIÓN

Las góndolas no mienten

La inflación del bolsillo y el relato oficial.

Mientras el Ministerio de Economía celebra un nuevo superávit fiscal y lo presenta como una muestra irrefutable del éxito de su gestión, los propios datos oficiales exponen la otra cara del ajuste. Una parte importante de ese equilibrio se alcanzó a fuerza de una motosierra que no distinguió entre débiles e indefensos y necesidades esenciales, golpeando con dureza a los sectores más vulnerables. El recorte de las coparticipaciones a las provincias también terminó desfinanciando a los municipios, trasladando el costo del ajuste a quienes menos margen tienen para soportarlo.

Existe una distancia abismal entre el relato festivo del gobierno y la realidad cotidiana que se vive en los pasillos de cualquier supermercado. Nos quieren convencer de que la recuperación económica ya llegó porque un índice descendió algunos puntos, pero la verdadera inflación no es la que muestran las planillas oficiales: es la que se siente en la billetera.

Esa realidad no puede maquillarse con discursos rimbombantes ni esconderse detrás de tecnicismos. La pérdida del poder adquisitivo no es solamente una cuestión estadística; es un ataque directo a la dignidad de millones de personas. Cuando una familia ya no puede comprar los alimentos básicos, cuando los medicamentos se vuelven un lujo o cuando los ingresos apenas alcanzan para cubrir servicios esenciales, lo que se deteriora no es únicamente la economía: es la calidad de vida de toda una sociedad.

Para comprender la magnitud del golpe no hace falta ser economista. Basta con hacer memoria. Pensemos en un billete de dos mil pesos. A fines de 2023, antes de la asunción de Javier Milei, ese dinero permitía comprar aproximadamente cuatro litros de leche. Hoy, la misma suma apenas alcanza para una fracción de aquello que representaba hace poco más de dos años. Esa es la inflación que realmente importa: la que se mide en productos que ya no tenemos acceso, en detrimento de nuestra calidad de vida.

¿Qué puede comprarse hoy con esos mismos dos mil pesos? Cada vez menos … Y esta es la tragedia que nos incómoda. Lo que ayer representaba una suma significativa, hoy apenas alcanza para cubrir gastos menores.

El deterioro del valor del dinero es una experiencia que los argentinos conocemos muy bien y que ninguna estadística consigue desmentir.

Los números que el gobierno exhibe como trofeos de gestión terminan siendo un maquillaje, un decorado cuidadosamente construido. Un escenario diseñado para alimentar expectativas mientras la realidad cotidiana avanza en dirección contraria. Porque cuando el salario pierde poder de compra, cuando el consumo se retrae y cuando la incertidumbre se instala en los hogares, los discursos triunfalistas encuentran cada vez menos eco.

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La economía real que miden los gráficos financieros no es más que la especulación de la bicicleta financiera, de la timba en una macro que nunca derrama lo que genera. La verdad se mide en los changuitos semivacíos, en el auge de las terceras marcas, más baratas, y en la angustia de no saber si llegás a fin de mes. Mientras el relato oficial celebra victorias invisibles, las góndolas siguen dictando la única e inapelable verdad. Mientras el relato oficial celebra victorias que muchos no perciben, las góndolas siguen ofreciendo un diagnóstico imposible de refutar. Los gobiernos pueden exhibir estadísticas, construir narrativas y proclamar éxitos. Sin embargo, existe un juez mucho más severo y honesto que cualquier indicador: el bolsillo de la gente.

Un juez que dicta su sentencia todos los días, frente a una góndola cada vez más difícil de llenar. La microeconomía navega sin rumbo hacia un puerto inexistente, y el gobierno lo aleja cada vez más cuando promete un futuro venturoso y ni siquiera se vislumbra que estemos encaminados.

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