2026-05-20

OPINIÓN

El reloj corre y la oposición no aparece

Las alternativas son más de lo mismo.

El desconcierto parece haberse institucionalizado. Vivimos bajo un gobierno rodeado de sospechas: denuncias de corrupción, presuntos hechos de enriquecimiento ilícito, operaciones financieras con criptomonedas difíciles de explicar y un acceso a créditos bancarios millonarios otorgados, en condiciones poco claras, a funcionarios de La Libertad Avanza. Y, sin embargo, aquí estamos: observando cómo la gravedad de los hechos convive con una calma política que desconcierta y una Justicia poco justa.

El gobierno nacional camina sobre un campo minado. Cada paso parece calculado, medido, estudiado para no detonar el relato que sostiene el gobierno a capa y espada. Camina sobre huevos, intentando no romper ninguno, aunque las sospechas crujen por todos lados. La fragilidad es evidente. La tensión también. Pero, paradójicamente, frente a este escenario de debilidad, no aparece una oposición con capacidad política ni determinación para capitalizar el desgaste.

Y ahí está, quizás, el dato más alarmante de este tiempo.

Tenemos un Congreso llamativamente pasivo. Una institución que debería funcionar como contrapeso, como auditor natural del Poder Ejecutivo, pero que parece anestesiado. Se debate poco, se investiga menos y se acciona casi nada. Ante hechos que, en otros tiempos, habrían provocado comisiones investigadoras, pedidos de interpelación, movilizaciones parlamentarias y escándalos mediáticos permanentes, hoy asistimos a una especie de silencio perturbador.

Mientras tanto, afuera, la sociedad mira con incertidumbre. No porque no entienda lo que sucede, sino porque percibe que nadie parece dispuesto a ofrecer una salida clara. “El pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”.

Y, sin embargo, el reloj no se detiene.

2027 está mucho más cerca de lo que algunos dirigentes quieren admitir. Decir que “falta mucho” es una expresión cómoda, casi perezosa, que no resiste el menor análisis político. Los armados políticos ya comenzaron. Los movimientos son visibles para cualquiera que pueda mirar. La derecha lo entendió antes que nadie.

Las distintas expresiones del espacio conservador, liberal y de centroderecha ya comenzaron sus conversaciones, tanteos y reacomodamientos. No esperan. No improvisan. Deliberan. Se acercan. Evalúan escenarios.

Mauricio Macri vuelve a moverse como actor central o, al menos, como gran líder del alicaído PRO. Toma temperatura, mide nombres, observa el humor social y vuelve a ocupar casilleros que nunca abandonó del todo. Publicó un manifiesto cuestionando la gestión de Javier Milei, y allí mismo escribió un atisbo de programa de gobierno, montándose en la obra pública como eje de su posible próxima gestión. Un recurso muy efectivo: hacer campaña con propuestas populares y, al asumir, sacar las garras.

Patricia Bullrich, por su parte, proyecta una ambición propia. Da señales de sentirse preparada para ocupar un rol aún mayor. En política, los silencios dicen más que los discursos. Su posicionamiento no parece casual.

Desde el seno mismo del círculo rojo ya la señalaron como reemplazante natural que puede preservar este modelo económico-social, que no debe declinar.

Incluso, dentro del universo libertario, empiezan a aparecer tensiones internas, aspiraciones cruzadas y carreras prematuras por la sucesión.

Todos están en campaña. Todos. Menos los que son opositores de la derecha.

La izquierda, históricamente minoritaria, también intenta aprovechar el desgaste del oficialismo. Figuras como Myriam Bregman vuelven a ganar visibilidad en determinados sectores carenciados y universitarios. Crecen en aprobación pública, mejoran algunos números y sostienen coherencia ideológica, algo que, en tiempos de liquidez ideológica, puede transformarse en algo positivo. Pero siguen siendo minoría estructural.

No parecen, al menos hoy, en condiciones de disputar poder real a escala nacional.

Entonces, la pregunta es inevitable: ¿dónde está el grueso de la oposición?

¿Dónde está esa fuerza política que debería encarnar el descontento de millones de argentinos golpeados por el ajuste, la caída del consumo, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro cotidiano?

La respuesta es incómoda.

El peronismo aparece, atrapado en sus propias internas, sus liderazgos agotados, sus mezquindades y una alarmante falta de lectura del momento histórico, que condena a los “argentinos de bien” a un futuro desesperante.

No acusan recibo. No escuchan el llamado, cada vez más ruidoso, de una sociedad que reclama algo más que indignación en redes sociales o discursos aislados.

El miedo más profundo es que este gobierno, pese a todo, sobreviva políticamente y consiga una segunda gestión no por mérito propio, sino por inacción. Por omisión. Por ausencia de alternativa.

Ese sería, quizás, el dato más perturbador del panorama político. Según la última encuesta nacional difundida por la consultora Zuban Córdoba (trabajo de campo entre el 25 de abril y el 1 de mayo de 2026), la desaprobación a la gestión de Javier Milei llegó al 64,5 %, mientras que la aprobación quedó en 34,3 %.

Teniendo en cuenta estos datos, Javier Milei tiene el 64,5 % de desaprobación a su gestión. Este porcentaje también está decepcionado con el arco político en general. ¿Qué pasaría, entonces, en una eventual votación hoy? Ganaría Milei con el 34,3 % que sí aprueba su gestión.

El 64,5 % no se traduce en voto opositor; muchos de ellos se dispersarían hacia partidos pequeños y el resto no votaría a nadie. Como ya se reflejó en las elecciones pasadas, el alto porcentaje de ausentismo ocupó el tercer lugar.

El reloj no se detiene. Mientras el oficialismo resiste como puede y la derecha reorganiza su tablero, una parte importante del sistema político sigue sin comprender que la sociedad no espera milagros, pero sí señales de decisiones políticas más convincentes.

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La pregunta es: ¿en las elecciones de 2027 existirá una opción capaz de ofrecer algo más que resignación disfrazada de esperanza?

Y este costo político, como siempre, termina pagándolo la gente, que percibe una sensación de abandono.

A veces los gobiernos no sobreviven por fortaleza propia, sino por la debilidad de quienes deberían enfrentarlos.

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