2025-12-10

Un 10 de diciembre distinto: celebrar derechos mientras los recortan

En un nuevo Día de los Derechos Humanos, la Argentina vive una paradoja: mientras se reivindica la memoria del Nunca Más, el gobierno de Javier Milei avanza con medidas que desmantelan conquistas históricas y ponen en riesgo las bases mismas de la democracia.

Cada 10 de diciembre el mundo recuerda que los derechos humanos no llegaron por casualidad ni por gentileza de ningún gobierno. Llegaron por lucha, por resistencia, por dolor y por organización colectiva. En la Argentina, esa fecha tiene un peso aún mayor: marca el regreso de la democracia en 1983, el cierre formal de la noche más oscura y el inicio de una etapa donde el “Nunca Más” dejó de ser consigna para convertirse en brújula.

Pero este 2025 nos encuentra en un escenario preocupante, donde el sentido profundo del Día de los Derechos Humanos vuelve a ponerse en debate. No por teorías, no por discusiones abstractas: por decisiones concretas del gobierno de Javier Milei que, paso a paso y sin freno, vienen erosionando derechos conquistados durante décadas.

Lo que antes se veía como un riesgo ahora es una realidad palpable. El discurso que deslegitima la protesta social, la criminalización de las organizaciones políticas y sindicales, los intentos de limitar la libertad de expresión y los ataques sistemáticos a los organismos que históricamente defendieron los derechos humanos no son hechos aislados: conforman un proyecto político que plantea, sin disimulo, un retroceso civilizatorio.

Cuando un gobierno minimiza la violencia institucional, justifica la represión o reduce la protección social a un privilegio “costoso”, está redefiniendo la idea misma de ciudadanía. Cuando se reemplaza el concepto de igualdad por el de “sálvese quien pueda”, se está desarmando el tejido que sostuvo a la Argentina incluso en sus peores crisis. Cuando se normaliza que la protesta sea tratada como delito, se está recortando la libertad de todos, no solo de quienes marchan.

Los derechos humanos no son un “gasto”, no son un “lujo ideológico”, no son algo que se puede ajustar como una variable económica. Son el piso mínimo sobre el cual una sociedad decide vivir. Y ese piso, hoy, está siendo dinamitado desde arriba.

El Gobierno puede intentar presentar estos retrocesos como reformas necesarias, como modernización o como “volver a foja cero”, pero la historia argentina conoce muy bien ese lenguaje. Cada derecho que hoy se ataca fue conquistado con años de lucha, con madres que no soltaron pañuelos, con trabajadores que resistieron despidos, con jóvenes que exigieron igualdad, con pueblos que defendieron su tierra, con periodistas que se negaron a callar.

No se trata solo de recordar el pasado: se trata de advertir el presente. El Día de los Derechos Humanos deja de ser una efeméride y se convierte en una alarma.

Porque los derechos humanos no desaparecen de un día para otro. Se erosionan. Se cuestionan. Se relativizan. Primero se ataca a un sector, luego a otro, hasta que la sociedad entera queda indefensa. Por eso es tan importante mirar con claridad lo que está ocurriendo hoy: la reducción del Estado, el desmantelamiento de políticas sociales, el avance represivo, el desprecio por los organismos de control y la idea de que “el mercado” puede reemplazar a la justicia social no son simples decisiones administrativas. Son decisiones que afectan vidas, libertades y dignidad.

Defender los derechos humanos hoy es defender el futuro. Es decirle al poder que no todo es materia de ajuste. Que la democracia no puede funcionar sobre el miedo ni sobre el silencio. Que un país sin derechos es un país que retrocede.

Que este 10 de diciembre no sea solo un homenaje, sino un compromiso. Porque si hay algo que la Argentina enseñó al mundo es que los derechos se defienden en las calles, en las instituciones, en la prensa, en la educación, en la memoria y en la voz colectiva. Y esa voz, incluso en tiempos difíciles, no se puede apagar.

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