Opinión
Vacunas: cuando la ciencia salva vidas y el peligro de negar
La humanidad convive hoy con una paradoja inquietante. Nunca antes la ciencia tuvo tanta capacidad de respuesta inmediata y eficiente frente a amenazas sanitarias globales, y nunca antes hubo tanto empeño en desacreditarla con argumentos vacíos, falaces sospechas y campañas de desinformación cuidadosamente amplificadas.
En el honorable recinto del Congreso donde conviven las diferentes fuerzas políticas que representan al pueblo, se llevó a cabo este despropósito, iba a decir este circo, pero el circo es más honorable que este lamentable Show organizado por personas que pertenecen a las Fuerzas del Cielo.
Las vacunas son uno de los mayores logros de la ciencia. Gracias a ellas, enfermedades que durante siglos diezmaron poblaciones enteras hoy están controladas o casi erradicadas. La tuberculosis, la poliomielitis, el sarampión y la Tos Convulsa o Coqueluche, solo por nombrar algunas, más recientemente, el COVID-19, encontraron en la vacunación una barrera concreta, comprobable y efectiva. Millones de vidas salvadas. Datos estadísticos irrefutables.
Mientras la ciencia ofrece respuestas rápidas y efectivas frente a problemas de salud que acucian a la humanidad, seguimos enfrentando un contexto global cada vez más hostil: contaminación industrial descontrolada, un manejo irresponsable de los residuos, escasa inversión en reciclaje y una preocupante indiferencia ante el daño ambiental. Vivimos rodeados de factores que deterioran nuestra salud colectiva y, aun así, hay quienes eligen atacar una de las más eficientes herramientas. La única barrera contra infecciones masivas “La Vacuna”.
Aun asi, prosperan los movimientos antivacunas. No se trata de dudas genuinas ni de debates científicos honestos. Se trata de campañas organizadas que utilizan el ámbito político como megáfono para desinformar, sembrar sospechas y convencer a la población de que renuncie a su propia protección. El objetivo es claro: desacreditar la ciencia cuando no se la puede refutar.
Sin argumentas que resista el más mínimo análisis científico. Se cuestiona la eficacia de las vacunas ignorando deliberadamente la evidencia acumulada durante décadas. Se exageran efectos secundarios aislados y se silencian los beneficios masivos. Se sustituye el conocimiento por consignas ideológicas que desnudan sus oscuros propósitos.
El resultado es peligroso: personas expuestas innecesariamente a enfermedades letales, brotes que resurgen donde ya habían sido controlados y sistemas de salud obligados a combatir males prevenibles.
Y entonces aparecen las preguntas incómodas. ¿Qué impulsa realmente a estos movimientos a boicotear un logro científico que protege vidas? ¿Es simple ignorancia, oportunismo político o una irresponsabilidad ética sin límites? Algunos llegan a preguntarse si existe un trasfondo más oscuro, una especie de “nuevo orden mundial” que busca reducir drásticamente la población humana. No hay pruebas que sostengan semejante afirmación, pero el solo hecho de que estas hipótesis circulen habla del nivel de confusión que se ha instalado cuando se rompe la confianza entre ciencia y sociedad.
Las vacunas no son una imposición ideológica ni un capricho de laboratorio. Son la expresión concreta del conocimiento puesto al servicio de la vida. Negarlas no es un acto de valentía ni de pensamiento crítico; es una renuncia peligrosa a la invalorable prueba científica, a la evidencia histórica y a la solidaridad social.
Porque vacunarse no es solo un acto individual: es una decisión que protege a los más vulnerables y fortalece a toda la comunidad. Defender a la ciencia es una necesidad urgente.
“La ciencia no conoce países, porque el conocimiento pertenece a la humanidad.” Louis Pasteur