AUMENTO PROVINCIAL
"Cuando yo me vaya, no quiere decir que no esté"
La frase, cargada de soberbia y cinismo, parece sacada de una novela distópica. Pero no. Es real, concreta, dicha con voz pausada y tono paternalista por quien durante más de tres décadas moldeó Formosa a su imagen y conveniencia: Gildo Insfrán.
A esta altura, nadie puede hablar de Insfrán sin hablar de una forma perversa de ejercer el poder. No se trata solo de un largo mandato, sino de cómo convirtió a la provincia en una maquinaria clientelar perfecta, donde la dependencia económica del Estado es tan absoluta que cualquier disidencia puede pagarse con hambre, y cualquier obediencia se recompensa con un sueldo público, una licitación direccionada o un puesto para el pariente.
Insfrán no gobernó, colonizó. Colonizó instituciones, colonizó conciencias. Fracturó el paradigma de la educación con la promoción asistida. Y lo hizo mientras vivía exclusivamente del dinero del Estado: con un parque industrial cerrado, nunca generó riqueza genuina, nunca necesitó competir en un mercado real. Su verdadera obra fue construir un imperio de lealtades financiado por todos los argentinos, a través de los millonarios aportes de la Nación que durante años sostuvieron a Formosa como una de las provincias más pobres del país.
A su alrededor se consolidó un séquito de aduladores profesionales. Funcionarios, legisladores, jueces y empresarios devenidos en lacayos, todos con sueldos privilegiados, todos disciplinados por una lógica que mezcla miedo, sumisión y ambición. Nadie asciende en la política formoseña si no pasa por el altar del gildismo, ese sistema donde el mérito no existe y el pensamiento propio se castiga.
Bajo su mando, la provincia se volvió un laboratorio de control social. Desde el manejo férreo de los medios de comunicación hasta la vigilancia sobre movimientos sociales de una policía adicta, pasando por la represión sistemática de la protesta y la pauperización deliberada de grandes sectores de la población.
El modelo fue simple y brutal: cuanto menos tengas, más dependes. Y cuando el sistema comenzó a resquebrajarse, cuando los pedidos de transparencia y alternancia empezaron a escucharse más fuerte, llegó su mensaje: "Cuando yo me vaya, no quiere decir que no esté". La advertencia es clara. No se trata solo de irse, sino de asegurarse de que todo siga igual. Que el aparato siga funcionando, que los cargos sigan en manos de sus fieles, que el miedo siga operando y que la caja del Estado siga siendo utilizada como herramienta de dominación. Más el claro mensaje a quien pretenda ser su sucesor.
Como si fuera poco, coronó su supuesta salida con una última burla al pueblo formoseño: un aumento del 10% para los empleados públicos. Un gesto cínico, insultante. Un magro aumento que, en un contexto inflacionario feroz, no significa alivio, sino castigo. Un manotazo de arrogancia final, que busca dejar en claro que, aunque físicamente se retire algún día, su sombra seguirá pesando sobre cada rincón de la provincia.
Porque para Insfrán, el poder no es un medio, es un fin. Y su legado no es progreso ni dignidad, sino una provincia rehén de un sistema montado para unos pocos. Y aunque se vaya, él ya lo dijo: no quiere decir que no esté. Viva Perón carajo.
AUTOR: R.V.