Opinión
Cuando el alma del maestro duele, el aula también lo siente
Son las pausas largas antes de empezar una clase, las miradas perdidas frente a una pizarra, las voces cansadas que repiten con esfuerzo contenido que alguna vez inspiraron pasión. Detrás de cada uno de esos gestos, hay un maestro o una maestra que está luchando por sostenerse.
La Resolución 536/19 de Formosa representa un avance significativo en la política educativa provincial al promover el desarrollo integral de los estudiantes, reconociendo la importancia de las dimensiones socio-afectivas y espirituales junto con las cognitivas, pero si no se lo trabaja y conoce no sirve.
La vocación no muere, pero a veces se esconde detrás del agotamiento, la tristeza o la desilusión. Y aunque nadie lo dice en voz alta, lo cierto es que muchos docentes están enseñando con el corazón roto.
No hablamos solo del desgaste físico o de los problemas del sistema educativo. Hablamos del dolor emocional no resuelto. De pérdidas no lloradas, de frustraciones silenciadas, de historias personales que se cuelan entre los libros y los pupitres. Hablamos de un desánimo profundo, ese que no se cura con un aumento de sueldo ni con una capacitación técnica. Ese que solo puede aliviarse si nos animamos a mirar adentro.
Cuando un docente está emocionalmente herido, todo su entorno lo percibe. Lo perciben los alumnos, que ya no encuentran una chispa en quien antes era faro. Lo perciben sus colegas, que bajan la mirada para no incomodar. Lo percibe su cuerpo, que empieza a hablar con síntomas cuando las palabras ya no alcanzan. Porque el cuerpo grita lo que el alma calla.
Y aquí es donde aparece la necesidad urgente de sanar. De acompañar a nuestros educadores en su propia historia, de ofrecerles herramientas que les permitan encontrar sentido, alivio y reconexión. La biodecodificación, entre otras herramientas, puede ser un camino: no como verdad absoluta, sino como una invitación a comprender qué emociones no expresadas se están convirtiendo en carga. Qué heridas del pasado siguen interfiriendo en el presente. Qué patrones se repiten una y otra vez, sin que sepamos por qué.
No podemos seguir exigiendo entusiasmo a quienes están emocionalmente desgastados. No podemos seguir mirando para otro lado mientras los maestros enseñan con el alma en pausa. Si no cuidamos a quienes enseñan, estamos abandonando a quienes aprenden.
Sanar el alma del maestro es sanar también el corazón de la escuela. Es devolverle luz al aula. Es recordarle a cada educador que su historia importa, que su bienestar importa, y que no está solo en este camino.
Porque cuando un docente vuelve a conectar con su propósito, con su emoción y con su humanidad, no solo enseña mejor: transforma vidas. Y eso, quizás, sea lo más importante que puede hacer.
Nosotros, los docentes que nacimos y vamos a morir docentes, no dejamos de esperar que las autoridades o aquellos políticos que memorizan discursos, hoy no dejen pasar la oportunidad para vestirse de maestro o maestra y así puedan ver el rostro de la justicia social, en Formosa, no es un discurso, es un dolor. Viva Perón "carajo".
Autor: R.V.