2025-08-10

Opinión

La falacia de la “batalla cultural”

La cultura no se decreta ni se derrota. Se vive.

Desde hace un tiempo se ha instalado en el discurso político el concepto de "batalla cultural", como si la cultura fuera un campo de guerra donde se enfrentan bandos, se imponen ideas a la fuerza y se espera una victoria definitiva. El término está cargado de una retórica beligerante, como si la violencia fuese el medio de imposición de idiosincrasias, ritos, creencias.

La cultura no se libra, no se impone, no se conquista. Se cultiva, se habita, se permite. Lejos de ser un trofeo que alguien puede arrebatar a otro, la cultura es un proceso dinámico y colectivo que se va gestando con el tiempo. Se nutre de la historia, de las costumbres, de los gestos, los sabores, las memorias y también, inevitablemente, de los mitos y leyendas.

Las migraciones, por ejemplo, son una de las grandes fuentes de riqueza cultural en el mundo. Cada persona que llega, trae consigo su bagaje: lenguas, modos de vida, visiones del mundo. Y ese cruce, esa mixtura, lejos de “contaminar” una identidad, la fortalece, la vuelve más compleja, más rica, más humana. La cultura no se impone por decreto ni se anula con un Veto. Es un fenómeno mucho más insistente y resistente. Atraviesa generaciones, se mezcla con otras, muta, se adapta.

Hablar de “batalla cultural” supone que hay un enemigo, que hay que vencerlo, que hay que eliminar lo distinto. Pero la cultura no se desarrolla a partir del enfrentamiento, sino del consenso. A lo sumo, lo que algunos llaman "batalla" es apenas un forcejeo superficial, mediático, donde se discuten símbolos, relatos o liderazgos pasajeros. Pero la verdadera cultura es la que vive en la música, en la lengua, en las costumbres que perduran, continúa su andar, casi indiferente a esas pujas.

La “batalla cultural”. Suena heroica, dramática, casi épica. Uno se la imagina con soldados del pensamiento, trincheras de ideología, cañones reprimiendo y gendarmes marchando para apalear a inocentes y desprevenidos discapacitados, débiles ancianos y profesionales de la salud pública.

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Cambiar un gobierno, derrocar a un líder, modificar un plan educativo o censurar una obra no altera profundamente el tejido cultural. Puede tensarlo, manipularlo momentáneamente, pero no eliminarlo ni mucho menos cambiarlo. La cultura tiene una raíz mucho más profunda que no se arranca con discursos ni decretos. Puede resistir dictaduras, colonizaciones, exilios. Porque está en la gente, no en los aparatos del poder.

Por eso, más que hablar de batallas culturales, deberíamos empezar a hablar de encuentros culturales, de convivencia, de reconocimiento mutuo. Y sobre todo, entender que no hay una sola cultura en disputa, sino muchas formas de habitar, de pensar, de celebrar, que coexisten, dialogan, se influencian entre sí.

La cultura no necesita guerreros, necesita sembradores. "Las naciones no perduran por la fuerza de sus guerreros, sino por la memoria que cultivan sus sabios".

Autor: Galo Arindo Trinidad

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