2025-05-07

DEL CALABOZO A LA PAZ

Adolfo Pérez Esquivel, náufrago de la vida y voz de los sin voz

El Nobel argentino Adolfo Pérez Esquivel sufrió persecución, tortura y cárcel durante la dictadura militar. Aquella experiencia marcó su vida y lo empujó a convertirse en un referente mundial en la defensa de los derechos humanos y sociales.

“Yo siempre digo que soy un náufrago de la vida”, reflexiona Adolfo Pérez Esquivel, el hombre que sobrevivió a las peores tinieblas de la dictadura argentina para alzarse con el Premio Nobel de la Paz en 1980. Su historia comienza mucho antes de ese reconocimiento internacional. Es una vida atravesada por la pobreza, el desarraigo, la persecución, la fe y una inquebrantable vocación por la justicia.

Hijo de un emigrante gallego y una mujer indígena correntina, Pérez Esquivel nació en Buenos Aires en 1931. Su infancia fue dura: a los tres años perdió a su madre y fue enviado al Patronato Español, un asilo para niños sin recursos. Desde pequeño aprendió a luchar: trabajó como canillita, vendedor ambulante y florista, hasta lograr ingresar a la Escuela Nacional de Bellas Artes y luego a la Universidad de La Plata, donde sería docente durante más de dos décadas.

Pero su camino no quedaría encerrado entre lienzos y aulas. Inspirado por la Teología de la Liberación y los movimientos sociales cristianos de los años 70, se volcó al trabajo con las comunidades más postergadas. En 1974 fundó el Servicio Paz y Justicia para América Latina (SERPAJ), una organización comprometida con la defensa de los derechos humanos por medios no violentos. Pronto, su activismo lo convirtió en un blanco para la dictadura militar.

El 4 de abril de 1977, al presentarse en la policía para retirar su pasaporte, fue detenido sin explicaciones. Pasó 32 días incomunicado en los calabozos de la Superintendencia de Seguridad Federal, sin ser interrogado ni notificado de ninguna causa. Luego comenzaron los traslados clandestinos: primero a una comisaría en San Justo, luego a una avioneta en la que fue encadenado. El 5 de mayo, fue subido a ese avión con destino incierto. Desde la ventanilla vio el Río de la Plata y una caja con una inyección preparada, como la usada para sedar a los detenidos antes de arrojarlos al mar en los conocidos “vuelos de la muerte”.

“Creí que me iban a tirar. El día era hermoso y muy frío. Trataba de aspirar el sol y el aire como si fueran los últimos”, recuerda. Pensaba que quizás su cuerpo llegaría flotando a la costa uruguaya, como los que había visto en fotos de cadáveres recuperados por organismos internacionales. Una contraorden de último momento le salvó la vida: en vez de ser arrojado al río, fue llevado a la base aérea de Morón y luego trasladado a la cárcel de máxima seguridad de La Plata, donde permaneció 14 meses sin juicio. Después, la dictadura prolongó su detención bajo una supuesta "libertad vigilada" por otros 14 meses más.

Aquel intento frustrado de desaparición no quebró su voluntad. Por el contrario, lo reafirmó en su lucha. En 1980, su compromiso con la justicia y la no violencia fue reconocido a nivel mundial con el Premio Nobel de la Paz. Desde entonces, su voz se ha alzado contra las dictaduras, las desigualdades y los atropellos en todos los continentes.

Hoy, a sus más de 90 años, sigue siendo presidente honorario de SERPAJ y de la Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los Pueblos, con sede en Milán. Mantenía una cercana relación con el Papa Francisco, con quien compartía preocupaciones globales como las migraciones forzadas y la crisis social.

Adolfo Pérez Esquivel no es solo un testigo de los horrores del pasado: es, sobre todo, una figura viva de la memoria, un símbolo de resistencia y una esperanza activa para quienes siguen luchando por un mundo más justo.

Te puede interesar